Reseña: “La vida no terrestre” de Juan Antonio Aguilera Mochón

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“Durante milenios hemos tenido que conformarnos con especulaciones sobre la existencia de vida e inteligencia extraterrestres. [Si] hay fuera de la Tierra, como la mayoría supone, estamos por primera vez en buenas condiciones para encontrarla gracias a los proyectos científicos de exploración más ambiciosos y potentes que hemos acometido nunca. [Para] bien o para mal, puede que lo que descubramos cambie no solo la visión de nuestro estatus en el universo, sino cómo nos contemplamos a nosotros mismos”.

El libro de Juan Antonio Aguilera Mochón, @JAAMochon, “La vida no terrestre. ¿Estamos solos en el universo?”, Un Paseo por el Cosmos, RBA Coleccionables (2016) [web], me ha gustado, pero menos que ““. Ciertas partes del libro tienen un contenido similar a “Los exoplanetas” de Arturo Quirantes (también profesor de la Universidad de Granada). Aún así, los dos libros de Mochón se complementan bastante bien y su lectura conjunta es muy recomendable.

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La introducción [pp. 7-12], se inicia así: “Pocas cuestiones nos conmueven tanto como la de si estamos solos en el universo, o si, por el contrario, hay más vida «ahí fuera»”. Tras mencionar a Bruno, siguiendo la estela de Cosmos, nos presenta la definición de exobiología (ESA), astrobiología (NASA) o, incluso, cosmobiología.

El capítulo 1, “La vida: origen y definición” [pp. 13-38], resume de forma breve su libro “” en “Reconstruyendo la historia de la vida” para dar paso a “¿Qué es la vida?”. Varias definiciones del concepto de vida, entre ellas la de la NASA, “un sistema autosostenido capaz de experimentar evolución darwinista” nos llevan al problema de los biomarcadores para reconocerla. “Hay biomarcadores muy inequívocos, pero solo para la vida de tipo terrestre, no para «toda» la vida posible”.

“¿Qué tipo de vida?” [pp. 39-66], el segundo capítulo, se inicia con Christian de Duve y su famoso “la vida es un «imperativo cósmico»”. “Un necesario desequilibrio vital” nos recuerda que “los organismos consiguen que pase a través de ellos un gran flujo de energía por unidad de masa, muy superior, sorpredentemente, al que transita por las estrellas”. Además de la vida terrestre podemos concebir “¿Vida basada en el silicio?” Destacan “unos interesantes compuestos orgánicos de silicio: los siloxanos”, que combinan silicio y carbono.

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También son importantes “Los disolventes de la vida”. El agua es la molécula triatómica más abundante del universo, pero podría haber “¿Vida en otros disolventes?”. Pero no hay que olvidar “Otras bioquímicas del carbono”, “una química orgánica que no implique a los ácidos nucleicos, las proteínas, etc.”. Lo que es cierto es que las “Convergencias evolutivas universales” no descartan que la vida compleja sea rara en el universo, como nos comenta el autor en “La Tierra rara”.

El capítulo 3, “El universo como escenario biológico” [pp. 67-96], se inicia con las “Cunas de la vida en el universo”, las galaxias. “La zona habitable galáctica es aproximadamente una corona esférica o gruesa cáscara intermedia (galaxias elípticas), o bien un anillo (galaxias espirales). Se ha estimado que en la Vía Láctea esta zona ocupa entre los 15000 y los 38000 años-luz desde el centro”. Todos estamos más acostumbrados a las “Zonas habitables de las estrellas”, tanto en estrellas tipo solar, como enanas marrones, gigantes rojas y sistemas estelares múltiples.

Finaliza el tercer capítulo con un “Retrato de los planetas habitables”, que deben tener “la masa, el tamaño y la atmósfera adecuada”. Por supuesto, también podría haber lunas habitadas, como se comenta en “¿Hay vida más allá de las zonas habitables?”. El capítulo 4, “Búsqueda y expansión de la vida en el sistema solar” [pp. 97-128], se inicia con “Vida en Venus”, pasa a “La habitabilidad de Marte” y discute la cuestión “Pero… ¿Hay hoy vida en Marte?”. Nuevos “resultados obligan a reinterpretar los ambiguos y confusos datos de las Viking [recopilados en 1976], [que] se explican mejor biológica que abióticamente”.

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“Vida en Ceres y Plutón” nos comenta los recientes resultados de las sondas Dawn y New Horizons, ambas de la NASA. “Vida en Júpiter y sus satélites” destaca las posibles “Vida en Europa” y “Vida en Ganímedes y Calisto”. También se cuestionan las “¿Bioposibilidades en los satélites de Saturno y Neptuno?”, con “El prometedor Encélado”, “El «laboratorio» de Titán” y “El neptuniano Tritón”. Sin lugar a dudas, permea la “Panspermia en el Sistema Solar” cuyos causantes podríamos ser nosotros mismos si no hay una adecuada “Protección planetaria”.

El capítulo 5, “Búsqueda de vida más allá del sistema solar” [pp. 129-152], nos presenta los métodos de detección de exoplanetas y discute los “Exoplanetas conocidos” y la “Habitabilidad de los exoplanetas”. “Para estimarla, a menudo se utiliza simplemente el índice de Similitud con la Tierra (IST) [y] el nuevo Índice de Habitabilidad para Planetas en Tránsito (HITE). “Curiosamente, el HITE de algunos planetas es superior al de la propia Tierra (0,829). Entre los planetas confirmados destaca en este sentido Kepler-442b, con un HITE de 0,836″.

Los “Biomarcadores para los exoplanetas” deben ser tratados en conjunto, más que de forma individual. “Lo específico de la vida puede ser la existencia simultánea de niveles relativamente elevados, y en relaciones muy alejadas del equilibrio, de «varios» productos, como oxígeno (muy oxidante) y metano (muy reductor)”. Su papel es clave en los “Proyectos de «caza» de planetas habitables” gracias a “Los telescopios espaciales TESS, James Webb y WFIRST”. Un recuadro nos presenta “Los telescopios NGTS, PLATO, E-ELT, FAST y SKA” y “A medio plazo: ATLAST y la «Sombrilla Estelar»”.

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“El contacto con inteligencias lejanas” [pp. 153-170] se discute en el sexto capítulo. “¿Será la inteligencia un rasgo evolutivo frecuente?, ¿podremos hablar no solo de «zonas de habitabilidad», sino de «zonas de consciencia», en las que las condiciones sean especialmente propicias para su desarrollo? Hay multitud de ejemplos de convergencia evolutiva, y nos preguntamos si la inteligencia será un carácter convergente más”.

Obviamente, hay que discutir “Los proyectos SETI”, pero también los “OSETI: el láser que busca señales de vida extraterrestre”. Un recuadro nos recuerda el Comité Condon que “en 1969, tras el análisis de más de 12.000 casos de «avistamientos» [ovnis], emitió un informe que identificaba a los ovnis con objetos astronómicos y fenómenos atmosféricos ordinarios —aunque a veces poco frecuentes—, de modo que las observaciones y testimonios no constituían ninguna prueba de presencias extraterrestres”.

Finaliza el libro con “La comunicación (CETI y METI)”, la cuestión de si puede existir un lenguaje cósmico y, más aún, si “¿debemos comunicarnos?”. Sin lugar a dudas, este libro complementa bien ““, aunque, no sé el porqué, pero tengo la sensación de que se ha escrito más rápido y de que está mucho menos cuidado. Aún así, se lee bien, y merece la pena su lectura.


6 Comentarios

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AntonioAntonio

Lástima que empiece con varios capítulos dedicados a la vida “no tal como la conocemos” y luego, a la hora de explorar diversos lugares para la vida extraterrestre, vuelva a la definición de vida y habitabilidad totalmente geocéntricas que usa casi todo el mundo.

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Parece ser (yo no soy experto en estos temas, pero recomiendo el libro “La cuestión vital” de Nick Lane) que la teoría de la charca primordial está decayendo frente a la nueva hipótesis de que la vida surgió en las fumarolas hidrotermales alcalinas descubiertas a finales del año 2000. No hay forma de mantener un flujo continuo de energía en el interior del Océano primordial, sin embargo, las fumarolas como “Lost City” son un sueño hecho realidad para los científicos que buscan el origen de la vida: flujo continuo de energía, aportación constante de H2 y CO2 a altas presiones, microporos catalizadores, estructuras estables y disipativas durante miles de años, etc, etc. Si esta hipótesis es cierta la vida simple tiene que ser común en el Universo: solo hace falta agua, rocas, H2 y CO2, sin embargo, para el surgimiento de la vida compleja hizo falta un accidente poco probable: que un arqueo se “coma” una bacteria y se inicie una relación de endosimbiosis, solo así pudieron surgir las células eucariotas y la vida compleja. De hecho, hay indicios de que existe una barrera energética UNIVERSAL que limita la evolución de organismos sencillos y que solo puede romperse mediante una fusión entre 2 organismos simples, esto explica porque las bacterias no han evolucionado durante 4000 millones de años. Esto limita muchísimo las formas en las que la vida compleja puede surgir en otros planetas, sencillamente no existen otras formas alternativas. Por otro lado, la vida basada en el Silicio es prácticamente imposible, siendo realistas, la vida solo puede basarse en el Carbono. Si esto es cierto, somos algo increíblemente extraño y valioso dentro del ¿Multiverso? Además de los fenómenos increíbles y fundamentales que estudia la Física Fundamental, Biólogos, Físicos y Químicos están a punto de descubrir un misterio tan fascinante como el que más: el misterio del origen de la vida.
Todos estamos compuestos de unos 40 billones de microorganismos que surgieron por crecimiento exponencial ¡de un solo microorganismo fecundado! ¿Puede existir un fenómeno “cotidiano” más increíble y fascinante? La meiosis “barajea” los genes durante la preparación de los gametos como si de una partida de cartas se tratase y la naturaleza ha creado la enorme variación genética que vemos a nuestro alrededor. No es de extrañar que todos seamos diferentes, no es de extrañar que no nos pongamos de acuerdo en casi nada, ni cambiemos casi nunca de postura, ni seamos objetivos en nuestros juicios… a pesar de ello todos tenemos un antepasado común, todos surgimos de la fusión de 2 organismos muy simples y todos deberíamos dar prioridad al cuidado de nuestra especie y de nuestro entorno. Al final, SÍ somos especiales y tenemos una inmensa suerte de estar aquí planteando hipótesis comprobables sobre lo que sucedió hace 4000 millones de años o incluso antes del Big-Bang ¿Quien puede pensar que la Ciencia no es fascinante?

Juan Antonio Aguilera Mochón

Gracias por la reseña. Solo deseo aclarar algo, como autor, a Francisco R. Villatoro y a los eventuales lectores del libro. Puedo asegurar que puse mucho esmero (o cuidado) en este libro, tanto como en el anterior. Un detalle ilustrativo al respecto: hasta recalculé cuando pude las tablas de índices de habitabilidad mencionadas en la reseña, en vez de limitarme a copiarlas; de hecho, encontré en una de Schulze-Makuch y col. (recogida parcialmente en el libro como gráfico) errores en los datos o en el procedimiento de cálculo, y los autores los corrigieron en ‘Astrobiology’ dándome las gracias (https://goo.gl/8UX9aY). Es solo un ejemplo para ilustrar que este libro no “se ha escrito más rápido” que el otro. Que aun así haya errores, o que el resultado guste más o menos, es otra cosa, y bienvenidas las críticas ( jmochon@ugr.es). Gracias de nuevo y saludos cordiales.

Francisco R. Villatoro

Cecilia, uno de los autores, Sarkar, es un opositor a la idea de la energía oscura e interpreta los datos de supernovas Ia para reforzar su convicción, olvidando muchas otras evidencias. Compara churras con merinas y concluye a posteriori lo que opina a priori, olvidando que quienes mandan siempre son los datos. Para los expertos se trata de un artículo poco relevante y que no merece eco. Recuerda además que en Scientific Reports se paga por publicar (1165 €) y se publican algunas cosas muy malas. En una revista de más prestigio Sarkar no podría haber publicado este artículo.

Te recomiendo leer “La nueva polémica sobre la energía oscura y las supernovas de tipo Ia” LCMF 24 Oct 2016.

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