Reseña: “Mi vida en la ciencia” de Sydney Brenner

Por Francisco R. Villatoro, el 19 mayo, 2019. Categoría(s): Biología • Bioquímica • Ciencia • Libros • Noticias • Personajes • Recomendación • Science

“Cuando le pidieron a Fred Sanger que diera una opinión sobre mí, me dijeron que dijo: «Oh, Brenner, el hombre que habla un montón». Yo creo que mantener viva la conversación es uno de los papeles más importantes que uno puede desempeñar en ciencia. La idea global de que la ciencia es llevada a cabo por gente que trabaja sola en su laboratorio, y peleando con las fuerzas de la naturaleza, es absolutamente ridícula. Es una actividad social del más alto tango. [Soy] muy malo escribiendo. Realmente me molesta escribir y, de hecho, si Francis [Crick] no me hubiera encerrado en una habitación durante nuestra carrera, yo no habría escrito tantos artículos”.

Quizás por eso la autobiografía de Sydney Brenner, Premio Nobel 2002, es una audiografía, la transcripción de lo que le narró a Lewis Wolpert; puedes disfrutar del vídeo completo en Web of Stories. Pero te recomiendo leer una versión editada y comentada en Sydney Brenner, “Mi vida en la ciencia. Las aportaciones de un biólogo excepcional”, Publicacions de la Universitat de València, 2006 [186 pp.]; esta autobiografía fue editada por Erol C. Friedberg y Eleanor Lawrence, y traducida al español por Emilia Matallana, quien se apoyó en la traducción al catalán de Juli Peretó. Me ha gustado mucho y me ha resultado muy refrescante. Brenner vivió la época más apasionante de la biología molecular y participó de primera mano en el descubrimiento de muchos conceptos que hoy nos parecen conocidos desde siempre.

Quienes más disfrutarán de este libro son los estudiantes de biología y bioquímica. Gracias a él se adentrarán en una época gloriosa de la genética en la que todo estaba por descubrir. Una época apasionante, sobre todo cuando la narra un gran conversador y contador de historias como Brenner. Pero también la disfrutará cualquier aficionado a la divulgación científica. Así que te recomiendo de forma encarecida su lectura. Por cierto, este libro también ha sido reseñado en el podcast “Biosíntesis BS#SB (4): Homenaje a Sydney Brenner”, LCMF, 12 may 2019. ¡Qué lo disfrutes!

Tras el Prefacio [pp. 7-8] de los editores y el autor, encontramos diez capítulos. El capítulo 1, “Creciendo en Sudáfrica” [pp. 9-25], nos relata que el origen de su vocación por la biología fue un libro que robó de una biblioteca pública y que estudió Medicina y Cirugía (una carrera de 6 años); empezó con 14 años, pero  solo podía colegiarse como médico a los 21 años. Decidió «perder» un año fuera de medicina e iniciarse en investigación. “Después de diplomarme en Ciencias y del año de licenciatura decidí hacer un máster —pasar otro año más fuera de medicina— ¡y a ver si me olvidaba de volver! Durante este tiempo empecé a estudiar genética”.

“Durante el año de licenciatura leí un libro muy influyente de Edmund B. Wilson. [Ese] libro habla de los cromosomas como los portadores de la herencia [y] decidí hacer citogenética”. Su primer artículo científico fue como único autor y se publicó en 1949 en Nature (doi: 10.1038/164495b0); determinaba los cromosomas de la musaraña Elephantulus. “Me equivoqué, porque obtuve la mitad de los cromosomas —trabajaba con células haploides de testículo. ¡Por supuesto, eso era un error aceptable en aquella época!” Gracias a su diplomatura publicó varios artículos sobre “la síntesis de muchos colorantes, porque me interesaba la tinción supravital de las mitocondrias”.

Tras finalizar Medicina, ganó una beca para ir a Oxford. En el capítulo 2, “Viendo el DNA” [pp. 27-47], nos cuenta que investigó allí en fagos durante dos años. “En noviembre de 1952 oí hablar de Francis Crick y de sus ideas de difracción helicoidal”. En abril de 1953 fue a Cambridge en coche. “Allí, en un lado, lo recuerdo muy claramente, estaba aquel pequeño modelo con las bases hechas de láminas de plancha —el modelo original con todo atornillado. ¡Y pude ver la doble hélice!”

“Francis estaba allí sentado, no podía parar de hablar. [La] cortina se había descorrido y ahora todo estaba claro. [Supe] que eso era realmente el principio de la biología molecular”. Nos cuentan los editores del libro que “a principios de la década de los 1950, sólo unos pocos científicos (Brenner entre ellos) consideraban la revolucionaria idea de que el DNA contenía información“. “Cuando vi la estructura del DNA fue la primera vez que visualicé el concepto real de código genético. [Nos] dimos cuenta de que simplemente todo el mundo decía cosas sin sentido”. En 1951 Brenner había leído un artículo de John von Neumann, “que poca gente ha leído”, sobre “lo que se requiere para construir una máquina autorreproducible”.

“Una de las ironías de  este campo es que si fueras a escribir una historia de las ideas sobre el DNA, dirías que ciertamente Watson y Crick se basaron en von Neumann, porque éste dice esencialmente cómo está hecho todo. [Se] cruzaron en 1953 —uno bajando y los otros subiendo—. Nunca se puso todo junto. Yo no lo puse todo junto entonces, pero lo hice un poquito después, ¡lo supe en el momento en que vi la molécula de DNA! [Lo] importante es cómo se consigue especificarlo todo en el orden correcto. ¡Lo importante es el código!” Por cierto, “incluso en 1958, todo el asunto del DNA, todavía se consideraba flor de un día —incorrecto, ni conocido ni demostrado”.

“La genética es digital. Es todo o nada. [Yo] fui a América a pasar el verano de 1954. [Y] allí fue donde realmente me introduje en la ciencia moderna”. El capítulo 3, “América y retorno” [pp. 49-65], nos introduce a Gamow, quien “sugirió que tripletes solapantes, es decir, tripletes que solapan en dos bases, determinarían el código”; “Gamow no sabía nada sobre estructura molecular. Pero lo miró desde el punto de vista de un físico”. Nos cuenta Brenner que “yo creo profundamente en el poder de la ignorancia. [Es] la gente que viene de fuera, [la] que pude ver las cosas de forma diferente”.

Benner conoció a Benzer, quien usando “un gen particular, rII, del fago T4 de la bacteria E. coli”, tras “miles de cruces genéticos refinó la unidad mínima de mutación a un nucleótido“. “Nadie entendía de qué iba aquello. “La primera cuestión sería demostrar la colinealidad. Es decir, que las mutaciones ocurren en el gen en el mismo orden que aparecen en la proteína”. Tenía que volver a Sudáfrica. “Estaba muy deprimido cuando me marché de América porque en su momento pensé que nunca volvería. Sentía que era el final de todo”. En el camino pasó por Inglaterra y habló con Francis. “Ambos hablábamos el mismo idioma.” Se uniría a él en el Cavendish a partir de enero de 1957. “Francis llegó a la conclusión de que el código era degenerado y [que] tendríamos que descubrir qué era”.

Me gustan las frases y consejos de Brenner para los futuros investigadores que decoran toda su biografía. “La elección de un objeto experimental sigue siendo una de las cosas más importantes que hay que hacer en biología. [Yo] siempre me he asegurado de seguir la bibliografía en búsqueda de cosas inusuales, porque siempre puede haber algo de interés”. Por cierto, en 1957 “Francis se presentó a la Cátedra de Genética de Cambridge pero no la consiguió. ¡No se pensaba que Francis Crick supiera algo sobre genética!” Nadie podía imaginar que fuera a lograr un Premio Nobel en 1962.

El capítulo 4, “Descubriendo el RNA mensajero” [pp. 67-88], se inicia con Brenner recordando que compartió despacho Francis Crick durante veinte años. “La emoción más importante de la investigación es la interacción social, el compañerismo que proporcionan las mentes de dos personas jugando entre ellas. Creo que esto es lo más importante. Decidlo, ¡incluso si es completamente estúpido!” Se creía en 1957 que “los ribosomas llevaban la información genética directamente del gen a la proteína”. Fue Brenner quien desveló que “cuando un gen se expresa, la información codificada para una proteína particular es transmitida a un RNA mensajero intermediario”. El experimento clave fue logrado en 1960, pero se publicó en Nature en 1961 (10.1038/190576a0).

Brenner recuerda que inventó la palabra codón alrededor de 1957 o 1958 para describir la unidad nucleótida que especificaría un aminoácido“. Nos lo cuenta el capítulo 5, “Descifrando el código genético” [pp. 89-107]. En 1961, demostró que “además de los mutantes de sustitución de bases había mutaciones de adición y deleción”. En experimentos posteriores “mostramos que realmente podíamos construir mutantes triples funcionales y, por lo tanto, la fase del código era tres”. Cada uno de los 20 aminoácidos era codificado de forma redundante por alguno de los 64 codones de tres nucleótidos.

Por cierto, Rosalind Franklin falleció en 1958 cuando casi nadie pensaba que la estructura helicoidal del DNA merecía el Premio Nobel. Crick y Watson recibieron cinco nominaciones al galardón en 1962; el trío Crick, Watson y Wilkins solo recibió dos nominaciones, una en 1960 de Bragg y otra en 1962 de Monod. Fue necesario desvelar que el DNA codificada los aminoácidos de las proteínas vía el RNA mensajero para que este hito mereciera el galardón.

El breve capítulo 6, “La replicación del DNA, diseccionada” [pp. 109-116], nos lleva al capítulo 7, “El reto de los organismos superiores” [pp. 117-135]. “En esa época había una sensación de que todo estaba esencialmente hecho. [Yo] sentí que había que ir hacia nuevos problemas que fueran un desafío. [Yo] sentí que había que volver a los problemas de la biología que había ido dejando atrás, como el desarrollo y la diferenciación y cómo se implementan los programas genéticos en organismos complejos. [Yo] quería comprender cómo los genes construyen un organismo. [Lo] que yo quería era un problema que fuera tan difícil que de hecho no pudiera ser fácilmente explicado”.

“Yo quería un organismo con un mundo bidimensional, como las bacterias, que pueden vivir en la superficie de una placa de petri. [El] nemátodo me pareció la mejor forma de hacerlo. Y, por lo tanto, empecé lo que ahora se conoce como el proyecto C. elegans. [Me] gustaba mucho porque tenía un bello ciclo sexual. Es un hermafrodita autofertilizante. [Este] animal era un clon, por decirlo así. [Eso] nos permitió ponernos a hacer la genética completa. El primer mutante se aisló en 1967″.

En el capítulo 8, “Cómo hacer biología molecular en el C. elegans” [pp. 137-149], Brenner escribe que, durante las décadas de 1960 y 1970, “el laboratorio de Cambridge era el lugar más maravilloso donde trabajar, porque uno podía hacer una cosa diferente casi cada hora”. Y confiesa que “no soy el tipo de persona que prefiere pensar en solitario. [Para] mí la conversación proporciona mucho de lo que es beneficioso para la ciencia”. Como buen pionero, durante los 1960 se dio cuenta de la importancia futura de los ordenadores. “Aquel fue un periodo muy interesante en el sentido de que había que descender a la esencia real de la informática. Así que una de las cosas que hice fue enseñarme informática a mí mismo”.

“Escribí un artículo en el que justificaba el DNA extra sencillamente como chatarra. Esto no gustaba mucho, porque la gente se sentía incómoda con la idea de que gran parte de su DNA no tuviera ningún valor. [Mi] contribución al tema del DNA chatarra fue simplemente diferenciar entre chatarra (junk) y basura (garbage)”. Así llegamos al capítulo 9, “La evolución de la genética y la genética de la evolución” [pp. 151-170]. “Yo sugerí algo llamado el Libro del Hombre. En aquel momento todavía no sabíamos que los genes contenían intrones. Así que pensé que sería fácil coger todos los genes humanos y pegarlos en páginas de papel de nitrocelulosa. [Pero] nos dimos cuenta de que eso estaba en el umbral de la nueva genética”.

“Lo importante es que la ciencia es neutral. Si la caja se puede abrir, se abrirá. Si no ahora, más adelante. Si no lo hacemos nosotros lo harán otros. Y no se puede únicamente prohibir la búsqueda de éste o ese otro tipo de conocimiento y no de aquel otro, porque todo es parte del proceso”. En 1979 Brenner fue nombrado director del Laboratorio de Biología Molecular del MRC. “Cuando lo recuerdo pienso que fue un gran error, porque no es el tipo de cosa que me gusta hacer. [El] científico activo se preocupa sólo por los siguientes dos o tres días. Unos cuantos científicos mayores se preocupan por el mes siguiente. Pero los directores de laboratorios han de preocuparse por varios años”.

“Creo que cuando se sabe demasiado, te haces peligroso en ese tema porque puedes desalentar la originalidad de los demás. Así que lo mejor es irse y buscar alguna otra cosa que hacer. [Por] eso creo que la gente debería cambiar de tema con mucha frecuencia. Creo que los mejores científicos lo hacen”. Finaliza el libro con el capítulo 10, “Notas finales” [pp. 171-]. La primera sobre la lectura. “Un día Francis Crick puso una nota bastante grande en el despacho que decía: «Leer pudre la mente». [La] biología es un tema en el que hay que leer extensivamente. [El] propio Francis leía mucho. Así que no sé por qué puso esa nota. Pienso que quería decir [que] leer no es suficiente. También hay que pensar. Pero algunas veces pensar tampoco lo es porque, al final, lo que cuenta es hacer y eso, hacer, es de lo que va nuestro negocio. [En] los últimos treinta años, Francis ha hecho poco más que leer para adquirir las bases necesarias para tratar con un tema tan inmenso como la función cerebral”.

En resumen, una lectura muy agradable e instructiva sobre una época en la que la genética estaba repleta de misterios; una época que nunca volverá gracias a que Brenner, Crick y otros desvelaron esos misterios. Leer cómo lo lograron de primera mano es todo un placer.



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