Reseña: «Horizontes» de James Poskett

Por Francisco R. Villatoro, el 29 mayo, 2022. Categoría(s): Ciencia • Historia • Libros • Recomendación • Science ✎ 8

«La ciencia no es, y nunca ha sido, una empresa exclusivamente europea. Lo mismo se puede decir cuando se trata del futuro de la ciencia. De hecho, no hay razón para pensar que el próximo gran descubrimiento científico saldrá de un laboratorio europeo o estadounidense. El mito de que la ciencia moderna se inventó en Europa no solo es falso, sino que es profundamente dañino. Es muy poco probable que trabajemos conjuntamente como una comunidad científica global cuando la mayoría de los países han sido excluidos del relato que se cuenta. La ciencia moderna fue, sin duda, el producto del intercambio cultural global. Sin embargo, este intercambio cultural tuvo lugar en el contexto de unas relaciones de poder profundamente desiguales. Debemos comprometernos activamente con los legados de estas historias en lugar de ignorarlos. El futuro de la ciencia depende, en última instancia, de una mejor comprensión de su pasado global».

El nuevo libro de James Poskett, «Horizontes. Una historia global de la ciencia», Crítica (2022) [494 pp.], traducido por Pedro Pacheco González, me ha abierto los ojos sobre la historia de la ciencia moderna. Yo tenía interiorizado un relato eurocentrista en el que la contribución de la ciencia fuera de Europa entre los siglos XIV y XVIII era prácticamente irrelevante. Craso error por mi parte. Poskett muestra en su libro, siguiendo la estela que le abrió Sujit Sivasundaram (Univ. Cambridge), que la historia de la ciencia moderna es un producto global, que habría evolucionado en forma y ritmo muy diferentes sin la contribución más allá de las fronteras europeas. El libro está decorado con una extensa bibliografía, pero a pesar de ello se lee muy fácil y de forma ágil. El libro presenta la vida y obra de muchísimos grandes científicos, obviamente con concisión, muchos de los cuales (sobre todo de siglos anteriores al XIX) me eran desconocidos; sin lugar a dudas tengo que releer el libro más de una vez para recordar sus nombres.

El autor es profesor asociado de Historia de la Ciencia y la Tecnología en la Universidad de Warwick, habiendo ralizado su doctorado en la Universidad de Cambridge. Ha escrito varias monografías, pero este es su primer libro divulgativo (dirigido a un público general). Para mí ha sido toda una sorpresa y he disfrutado mucho de su lectura. Un libro muy recomendable a todos los lectores de este blog interesados en la historia de la ciencia. Rebate muchos de los mitos que tenemos asumidos tras la lectura de otros libros, por lo que nos asombra en multitud de ocasiones. Sin lugar a dudas, si te atreves a bucear en sus páginas, no te arrepentirás.

Tras el listado de créditos de las ilustraciones [pp. 9-14], la «Introducción. Los orígenes de la ciencia moderna» [pp. 15-20], encontramos ocho capítulos agrupados en cuatro partes. El libro se inicia con la pregunta: «¿Dónde nació la ciencia moderna? Hasta hace muy poco, la mayoría de los historiadores habrían respondido de la siguiente manera: la ciencia moderna se inventó en Europa en algún momento entre los siglos XVI y XVIII. [En] este libro, sostengo que los momentos clave de la historia global han condicionado el desarrollo de la historia de la ciencia moderna». Para el autor «necesitamos una nueva historia de la ciencia, una que represente mejor el mundo en el que vivimos».

La primera parte, «La revolución científica, c. 1450–1700″ comprende los dos primeros capítulos. El capítulo 1, «Nuevos mundos» [pp. 25-61], nos lleva al aviario de Moctezuma en la capital azteca de Tenochtitlan (México), quien «es descrito en las crónicas aztecas como «sabio por naturaleza, astrólogo, filósofo, hábil en todas las artes». Estaba al mando de un vasto imperio, uno en el que la ciencia alcanzó nuevas cotas». El autor argumenta que «desde el imperio azteca en las Américas hasta el imperio Ming en China, la historia de la revolución científica es un relato en el que interviene todo el planeta. Y no es solo que las personas de las Américas, de África y de Asia desarrollaran culturas científicas avanzadas al mismo tiempo que los europeos, sino que es precisamente la historia de los encuentros entre estas diferentes culturas la que explica por qué la revolución científica se produjo cuando se produjo. [Para] explicar la revolución científica, no solo tenemos que mirar hacia Londres o París, sino también hacia los barcos y caravanas que conectaron el mundo moderno en sus primeras etapas».

En este capítulo nos encontramos con una descripción de la «historia natural en el Nuevo Mundo» y de la «medicina azteca» que combinan las tradiciones europea y azteca. «El descubrimiento de la humanidad» como tal, con José de Acosta como protagonista, quien «hizo hincapié en la importancia de la experiencia a la hora de estudiar los orígenes de los indígenas americanos». Gerardus Mercator y Juan López de Velasco se apoyaron en la avanzada cartografía azteca, necesario porque «el imperio azteca era un estado grande, centralizado y tributario», como se nos cuenta en «cartografiando América». Todos los capítulos incluyen una «conclusión», la sección final que resume dicho capítulo, así como múltiples ilustraciones en blanco y negro (además hay dos pliegos con bellas ilustraciones a color).

El capítulo 2, «Cielo y tierra» [pp. 63-111], se inicia en «el observatorio de Samarcanda [que] era una pieza fundamental de la avanzada ciencia del mundo islámico, una que iba a influir profundamente en el desarrollo de la astronomía y las matemáticas en la Europa cristiana». Me ha sorprendido la descripción del sextante Fakhri «de algo más de cuarenta metros de altura, en esa época era uno de los instrumentos científicos más precisos del mundo», así como las historias de Ulugh Beg y Ali Qushji. «El propio Copérnico se basó en ideas que encontró en manuscritos árabes y persas importados de lugares como Samarcanda y Estambul». La clave fue «la traducción de los textos clásicos», ya que incluso «los traductores árabes eran sabedores de las deficiencias del modelo de Ptolomeo», como Alhacén y al-Tusi. La «ciencia islámica en la Europa renacentista» fue clave, como el «acople Tusi para crear un modelo del movimiento planetario alrededor del Sol. [Sin] él, Copérnico no habría podido situar al Sol en el centro del universo». Además de «el renacimiento otomano», con Murad III y al-Din, se destacan los «astrónomos africanos» de Tombuctú en los siglos XV y XVI.

«Tombuctú fue, sin duda alguna, uno de los lugares de África Occidental en los que más avanzó la ciencia durante la Edad Moderna. Pero no fue el único. Hubo una serie de ciudades africanas, [como] el sultanato de Kano, otro reino islámico también situado en la actual Nigeria». Y no se puede olvidar «la astronomía china», donde se destaca el papel de Matteo Ricci como enlace con la ciencia del exterior; «eruditos chinos como Xu actuaron más bien como los humanistas de Europa. Tradujeron la ciencia de la Grecia clásica, pero lo hicieron con intención de descubrir un mundo perdido. [Y] esperando no solo redescubrir, sino mejorar, los originales». Por ejemplo, «los astrónomos chinos utilizaron las conocidas como coordenadas «ecuatoriales», [cuando] los europeos solían usar las coordenadas «eclípticas». [En] el siglo XVIII, la mayoría de los astrónomos europeos adoptaron el sistema «ecuatorial» chino». Finaliza el capítulo con los «observatorios indios» y el observatorio Samrat Yantra de Jaipur, capaz de «dar la hora local con una precisión de casi dos segundos, superior a la de la mayoría de los relojes mecánicos de la época».

La segunda parte, «Imperio e Ilustración, c. 1650–1800», se inicia con el capítulo 3, «Los esclavos de Newton» [pp. 115-153], que destaca que el autor de los Principios «invirtió en el comercio de esclavos». «La gravedad en Gorée», una isla frente a las costas de Senegal, nos cuenta la importancia de las medidas de péndulos cerca del Ecuador en las ideas del genio inglés: «la Tierra debía ser un «esferoide», más aplastado en los polos, como una especie de calabaza». Me gusta que se destaque que «en su época, las ideas de Newton fueron enormemente controvertidas. [Muchos] europeos se mostraron bastante escépticos. [La] historia de la física del siglo XVIII puede considerarse una batalla sobre las ideas de Newton, una que continuó incluso después de su muerte». Pero el libro nos vuelve a sorprender con los «astrónomos incas» de Cuzco que ayudaron en cartografía y topografía a La Condamine.

«Navegantes del Pacífico» y el tránsito de Venus que permitió estimar la distancia entre la Tierra y el Sol. Se destaca la carta náutica del polinesio Tupaia. «Los historiadores afirmaron hace poco que el mapa de Tupaia es una guía increíblemente precisa de gran parte de los principales grupos de islas del océano Pacífico» (cuando se comprende que «las distancias indican el tiempo que se tardará en lugar del número de kilómetros»). «Newton en Rusia» y la expedición de Bering finaliza el capítulo. «Para poder atravesar mares extraños y escalar montañas impresionantes, los exploradores europeos se basaron constantemente en los conocimientos de los pueblos indígenas, muchos de los cuales poseían culturas científicas propias muy avanzadas».

El capítulo 4, «Economía y naturaleza» [pp. 155-192], está dedicado a la importancia de los esclavos y de la esclavitud. Se inicia con Graman Kwasi, de la tribu akan de la Ghana actual, que «escapó de la esclavitud y se convirtió en todo un experto en el conocimiento de las propiedades medicinales de las plantas de Sudamérica». Tras «Esclavitud y botánica», nos presenta la «historia natural de las Indias Orientales» y «la bebida china» (el té). «Estudiar la naturaleza en el Japón Tokugawa» se inicia con que «el sogún quería un elefante» y nos muestra que la taxonomía se inició antes de Linneo. «La conexión con los imperios [es] lo que mejor explica el desarrollo de la ciencia de la Ilustración. [Sin] los imperios, Carlos Linneo no podría haber desarrollado su sistema de clasificación biológica, ya que también dependió de la información recogida durante la expansión de los imperios comerciales europeos en Asia y las Américas».

La tercera parte, «Capitalismo y conflicto, c. 1790–1914″, se inicia con el capítulo 5, «La lucha por la existencia» [pp. 195-233]. «Geoffroy es recordado como uno de los primeros europeos que propuso una teoría de la evolución, en su obra titulada Filosofía anatómica (1818)», en la describió sus descubrimientos en El Cairo (Egipto). «Sin duda alguna, Darwin fue fundamental, pero en este capítulo quiero presentar un punto de vista alternativo sobre la historia de la evolución». Empezamos con «cazadores de fósiles en Argentina», Francisco Muñiz, Francisco Moreno y Florentino Ameghino. Continuamos con la «evolución en la Rusia zarista», Nikolái Sévertsov, Karl von Baer, Iliá Méchnikov y Sofia Pereiaslavtseva (me gustaría destacar que Poskett rescata los nombres de muchas científicas en su libro). El embriólogo von Baer «realizó una importante contribución al desarrollo de la teoría evolutiva en la década de 1820», como «el propio Darwin reconoció».

Tras el «darwinismo en el Japón Meiji» llegamos a la «selección natural en la China Qing», porque «a principios del siglo XIX, los naturalistas chinos se sentían muy cómodos con la idea de que las especies pudiesen cambiar. [El] propio Darwin sabía que el pensamiento evolucionista tenía una larga tradición en China». Más aún «en el corazón de El origen de las especies latía la idea de un mundo natural en conflicto constante. Darwin habló de la «guerra de la naturaleza». La evolución era el resultado de «la gran batalla de la vida». Fue esta metáfora sobre la lucha la que atrapó la imaginación de tantos y tan diferentes pensadores científicos decimonónicos».

El capítulo 6, «Experimentos industriales» [pp. 235-281], empieza con el electromagnetismo para adentrarse en la «guerra y meteorología en la Rusia zarista». Aleksandr Popov «había construido uno de los primeros receptores de radio del mundo. En la Rusia zarista, la radio nació gracias a la ciencia de las tormentas»; se destacan las figuras de Dmitri Mendeléyev y Julia Lermontova. «Ingeniería otomana» de la telegrafía a la sismología, nos lleva a «creando ondas en la India colonial» donde se destacan a Chandra Bose, «uno de los físicos más famosos de finales del siglo XIX», y al químico industrial Chandra Ray. «Terremotos y átomos en al Japón Meiji» destaca a Aikitsu Tanakadate, que mostró que «los terremotos podían provocar una perturbación del campo magnético terrestre» y al químico Jokichi Takamine.

El libro está repleto de personajes que yo no conocía, como Hantaro Nagaoka, quien «basándose en una serie de complejos cálculos matemáticos, demostró que el átomo debía estar compuesto por una serie de electrones cargados negativamente que orbitaban una gran «partícula cargada positivamente». [El] propio Rutherford conocía la investigación de Nagaoka, y no lo ocultó. De hecho, ambos se reunieron y hablaron sobre sus ideas en septiembre de 1910. [Como] era de esperar, cuando Rutherford publicó sus resultados en 1911, hizo referencia al artículo original de Nagaoka de 1904″.

La cuarta parte, «Ideología y posguerra, c. 1914–2000″, se inicia con el capítulo 7, «Más rápido que la luz» [pp. 285-329]. «Einstein estaba a punto de recibir una noticia emocionante. Allí, en las orillas del Yangtsé, le entregaron un telegrama en el que le comunicaban que le habían concedido el Premio Nobel de Física. [Su] breve parada en Shanghái formaba parte de una gira de cinco meses por Asia. [Su] siguiente destino era Japón. [Se] piensa, con mucha frecuencia, que Albert Einstein fue un genio solitario, un hombre apartado del mundo intelectual y político. [Pero] viajó por el mundo hablando de sus ideas. [Y] no solo eso, sino que también trabajó con científicos de diferentes países del mundo». El autor nos lleva desde la «Física en la Rusia revolucionaria», con Piotr Kapitsa, Yakov Frenkel, Antonina Prikhot’ko y el genial Lev Landau, hasta «Einstein en China», con Zhou Peiyuan, Ye Qisun y Zhao Zhongyao; «Zhao fue el primer científico del mundo que observó la existencia de una nueva partícula fundamental: el positrón. [La] aniquilación de un electrón y un positrón explicaba el exceso de energía que había observado. [Anderson] reconoció que se inspiró directamente en los primeros experimentos de Zhao».

En la «mecánica cuántica en Japón» se nos presenta a Yoshio Nishina y a Hideki Yukawa; Nishina «fue quien confirmara la existencia del mesón» de Yukawa. «La física y la lucha contra el imperio» en la India, con Meghnad Saha, Satyendra Bose, el padre de la estadística de Bose–Einstein, y Chandrasekhara Raman, sin olvidar a mujeres como Sunanda Bai, Anna Mani y Kamala Sohonie. «Trabajando con colegas de otras partes del mundo, los científicos de Rusia, China, Japón y la India realizaron una serie de importantes contribuciones al desarrollo de la física moderna. El propio Albert Einstein pasó una buena parte de las décadas de 1920 y 1930 promocionando la cooperación internacional después de la primera guerra mundial».

El capítulo 8, «Estados y genética» [pp. 331-379], empieza con Masao Tsuzuki en las ruinas de Hiroshima. Masuo Kodani «documentó la existencia de un cromosoma adicional en los testículos de una serie de supervivientes de las bombas atómicas. [Los] científicos japoneses realizaron una buena parte de las primeras investigaciones sobre los efectos genéticos de la radiación en humanos». Pero lo más financiado fue la genética vegetal, «con la esperanza de que se pudieran idear variedades mucho más productivas de cultivos como el arroz y el trigo. [A] finales de la década de 1960, se hablaba ya de una «revolución verde»». El autor nos introduce a Efraim Herández Xolocotzi en las «mutaciones en México», financiado por la Fundación Rockefeller y también a Alfonso León de Garay, que estudió la genética de los atletas olímpicos.

Se pasa a la «genética india después de la independencia», con Mankombu Swaminathan y la poliploidía, Obaid Siddiqi y el efecto de las mutaciones genéticas, y Veronica Rodrigues y las mutaciones que afectan  al gusto y el olfato de las moscas de la fruta. Luego a la «genética comunista bajo la presidencia de Mao», con Li Jingzhun y Yuan Longping, y a «la genética y el estado de Israel», con Joseph Gurevitch y los grupos sanguíneos, Elizabeth Goldschmidt, Chaim Sheba,  Arthur Mourant y Daniel Zohary.

Finaliza el libro con su epílogo, «El futuro de la ciencia» [pp. 381-399], donde el autor argumenta que «para poder comprender el mundo de la ciencia actual, necesitamos prestar atención a la relación entre la globalización y el nacionalismo [que] están determinando el desarrollo de la inteligencia artificial y la exploracióni espacial», por ejemplo. El párrafo que abre esta reseña está extraído del epílogo. Y tras el epílogo, los «agradecimientos» [pp. 397-399], la extensa recopilación de «notas» bibliográficas [pp. 401-467], el índice analítico [pp. 469-491], y el índice de contenidos [pp. 493-494].

He disfrutado de este libro y por ello te lo recomiendo. No solo si estás interesado en la historia de la ciencia moderna, aunque especialmente si lo estás. Estoy seguro que Poskett te descubrirá muchas cosas que no sabías y te abrirá los ojos, como a mí, a la historia global de la ciencia. ¡Qué lo disfrutes!



8 Comentarios

    1. Aunque por razones ideologicas se intente reescribir la historia de la ciencia ( Que no es un discurso exclusivamente europeo, que multitud de mujeres participaron en el proceso ) La evidencia ( en su significado en español ) de que la revolucion cientifica es un proceso genuinamente europeo realizado por varones es tan abrumadora que no merece ni defenderlo

  1. En fin, la progresería queriéndonos hacer comulgar con ruedas de molino. La ciencia va camino de su final si la política se impone al conocimiento.

    1. Gracias, Jesús. Por lo que leo en tu reseña «el libro de Poskett contiene más propaganda ideológica que investigación académica rigurosa», pero puede «que se convierta en una de las obras de referencia en historia de la ciencia en los próximos años». Aunque «el libro no nos descubre nada que no fuera ya conocido desde hace muchas décadas por personas familiarizadas con la historia de la ciencia, [lo] más sorprendente del libro es que tanta gente (empezando por el autor) finge estar sorprendida por estos ‘descubrimientos’. Horizontes combate un mito inventándolo». Recomiendo a los lectores de este blog tu reseña.

      1. «Recomiendo a los lectores de este blog tu reseña.»

        Yo también. Y después, leer otra cosa. Porque no recomiendo el libro ni creo que abra los ojos a la historia global de la ciencia. Hoy la ciencia es una aventura global, pero nació en Europa. La globalización de las ciencias y las tecnologías, de la producción industrial y el mercado de consumo de masas, de las ideologías y formas de organización política (incluyendo la invención de los derechos humanos), son aspectos de la occidentalización o europeización del mundo. Como a Zamora bonilla, este libro me parece «a fundamental work in the ‘decolonial studies’ bibliography, the work to cite if you just want to claim that the Scientific Revolution is one more item in the list of crimes of the white people, but don’t want to suffer the cost of studying anything about it».

        1. Y será citado así a pesar de que el libro defiende lo contrario: Que la revolución científica no fue uno más de los crímenes del hombre blanco, sino el logro colectivo de todos los pueblos. No es el mismo error. El libro es woke, pero al menos no es ludita.

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