#rosavientos: La diferencia entre acordes consonantes y disonantes es cultural

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Ya está disponible el audio del podcast de Eureka, mi sección en La Rosa de los Vientos de Onda Cero. Como siempre, una transcripción, unos enlaces y algunas imágenes.

Un estudio con una tribu aislada del Amazonas sugiere que si nos gustan más los acordes musicales consonantes frente a los disonantes es porque lo hemos aprendido y no por una cuestión biológica. La tribu de los tsimané en Bolivia está aislada de la música occidental y su música propia es monofónica. A las personas de esta tribu amazónica los acordes polifónicos disonantes para nosotros les resultaron tan agradables (o desagradables) como los consonantes. Los indígenas no los distinguen por falta de entrenamiento, ya que no han sido expuestos a la cultura musical occidental. Por supuesto, no todo el mundo está de acuerdo con esta interpretación.

El artículo es Josh H. McDermott, Alan F. Schultz, …, Ricardo A. Godoy, «Indifference to dissonance in native Amazonians reveals cultural variation in music perception,» Nature (13 Jul 2016), doi: 10.1038/nature18635; una revisión crítica del artículo en Robert Zatorre, «Human perception: Amazon music,» Nature (13 Jul 2016), doi: 10.1038/nature18913.

Más información en «La distinción entre sonidos agradables y disonantes es cultural», Agencia SINC, 13 Jul 2016; Antonio Martínez Ron, «¿Son nuestras preferencias musicales biológicas o aprendidas?» Next, Vozpópuli, 13 Jul 2016; Marcos Barajas Diego, «Por qué nos gusta la música que nos gusta,» Ciencia, El Mundo, 13 Jul 2016; Judith de Jorge, «Una tribu amazónica demuestra que tus gustos musicales son una influencia,» Ciencia, ABC, 13 Jul 2016; y otros.

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Dicen que «sobre gustos no hay nada escrito». Los gustos musicales cambian mucho de una persona a otra. Pero toda la música de occidente está cortada por el mismo patrón. Se prefieren los acordes musicales consonantes, usando los disonantes sólo para generar tensión en el oyente. ¿El origen de nuestras preferencias musicales es biológico o cultural? Los humanos llevan haciendo música desde hace unos 35.000 años. La expresión musical cambia mucho de una cultura a otra, pero la mayoría de los humanos en la actualidad tiene unas preferencias similares. Según las teorías de la música contemporáneas los sonidos consonantes son los que oídos de forma simultánea producen un efecto agradable y los disonantes son los que no lo logran. Las disonancias no siempre son desagradables al oído, pero la teoría de la armonía musical recomienda no abusar de las disonancias porque se supone que el oyente disfruta más de las consonancias. Los aficionados a la música saben que un acorde son varias notas musicales tocadas de forma simultánea. Desde la época de Pitágoras de Samos, en el siglo VI antes de la era común, se asumía que las matemáticas y la teoría de las proporciones eran el secreto de los acordes consonantes. Al tocar de forma simultánea dos notas musicales se produce un sonido armonioso si el cociente entre las frecuencias sonoras de dichas notas está en una relación de números enteros pequeños. La escala musical más usada en occidente se llama escala cromática, que tiene siete notas, do, re, mi, fa, sol, la, si, y doce semitonos en una octava. En esta escala el cociente 3:2 se llama quinta, el acorde formado por dos notas separadas por siete semitonos o tres tonos y medio; la quinta justa está compuesta de la nota fundamental y la quinta nota de la escala musical, como tocar en un piano de forma simultánea un do y un sol. O el cociente 5:4 se llama tercera mayor, el acorde formado por notas separadas por dos tonos de distancia o tres semitonos; en el piano un ejemplo sería tocar un do y un mi. Estos acordes se consideran consonantes y más agradables que los acordes disonantes como el cociente 16:15, la segunda menor, en la que las dos notas simultáneas están separadas por un semitono de distancia entre las dos notas; en el piano sería tocar un mi y un fa, o un si y un do. Según las teorías de la percepción musical, como la teoría de Hermann Helmholtz de finales del siglo XIX, la diferencia entre acordes consonantes y disonantes es una ley de la Naturaleza que depende de la disposición física de las células receptoras en el oído. Sin embargo, muchos músicos y etnomusicólogos consideran que no existe dicha base biológica y la armonía tiene una base puramente cultural.

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En el año 1958, muchas emisoras de radio de Estados Unidos censuraron el tema instrumental «Rumble» del guitarrista de rock and roll Link Wray porque consideraban que sus disonancias eran «insoportables» para los oyentes e incitaban a la violencia. Sin embargo, hoy en día nos parece un sonido perfectamente armónico. ¿Qué nos dice la ciencia sobre esta distinción entre lo consonante y lo disonante en la música? Esta semana se ha publicado en la prestigiosa revista Nature un artículo científico liderado por Josh McDermott, neurocientífico del departamento de ciencias cognitivas del MIT (Instituto Técnico de Massachusetts, Cambridge, EE.UU.) en el que han realizado experimentos sobre consonancia y disonancia musical con miembros de una tribu indígena de Bolivia que vive a orillas del río Amazonas. Estas tribus vive en aldeas muy apartadas a las que sólo se puede llegar por canoa y no tienen electricidad, por lo que están bastante aislados de la cultura occidental. Para reforzar las conclusiones del estudio, se han seleccionado 64 miembros de la tribu Tsimané que no poseen entre sus pertenencias ningún aparato de radio que les conecte con occidente. Mediante unos auriculares se les presentó a los tsimané participantes en el estudio una serie de acordes musicales y se les pidió que valoraran hasta qué punto les resultaban agradables o desagradables en una escala de cuatro puntos. Lo sorprendente de este estudio es que los tsimané valoraron los sonidos disonantes y consonantes como igualmente placenteros, mientras que en la misma prueba realizada con ciudadanos de Bolivia o de los EEUU se obtienen resultados completamente diferentes. Por tanto, este estudio apoya que las preferencias musicales por lo consonante y lo disonante son puramente culturales y no tienen ninguna base biológica relacionada con la disposición espacial de las células receptoras de sonidos del oído como afirma la teoría de Helmholtz y otras teorías neurocientíficas de la música.

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El gran problema de realizar estos experimentos con tribus sin contacto con occidente es que su lenguaje es muy diferente del nuestro, lo que puede llevar a confusiones en las preguntas y sus respuestas. ¿Cómo se puede asegurar que los indígenas sabían la diferencia entre consonante y disonante cuando se les preguntaba? Para confirmar que los tsimané habían entendido la tarea que se les había asignado, diferenciar entre acordes agradables y desagradables a su oído, se realizaron varias pruebas con sonidos de la vida cotidiana que no eran musicales, como risas y suspiros de desagrado, o sonidos artificiales con distinta «textura» sonora. Para estos sonidos no musicales los indígenas tsimané mostraron las mismas preferencias por lo agradable y desagradable que los habitantes «occidentales» de Bolivia y EE.UU. Los resultados de este estudio previo indican que las reacciones de los indígenas a los sonidos agradables y desagradables coinciden con las de los occidentales. Por tanto, el coordinador del estudio, el profesor McDermott del MIT (Instituto Técnico de Massachusetts, Cambridge, EE.UU.), y sus colegas consideran que los indígenas entendieron bien la tarea que les asignaron los investigadores cuando valoraron si acordes musicales disonantes y consonantes eran agradables o desagradables en su opinión. Los autores de este estudio publicado en la revista Nature concluyen que la preferencia por los acordes consonantes que se observa en casi todas las culturas humanas actuales tiene un origen cultural y no depende de la biología del sistema auditivo. Casi todos los humanos del mundo en la actualidad estamos expuestos a la música polifónica occidental y por ello tenemos las mismas preferencias. Pero en contra de quienes afirman de que los factores biológicos son determinantes, este estudio apunta a que el aprendizaje de la diferencia entre consonancia y disonancia a partir de la música a la que somos expuestos desde la más tierna infancia es el factor determinante de nuestras preferencias.

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Los chinos y los japoneses no son capaces de distinguir entre los fonemas de las letras «r» y «l» porque no aprenden la diferencia en la niñez. Sin embargo, nuestra percepción auditiva está biológicamente preparada para realizar dicha diferencia. ¿Podría ocurrir que a los indígenas del Amazonas les pasara lo mismo con la diferencia entre acordes consonantes y disonantes? Todavía no lo sabemos con seguridad, pero se trata de una hipótesis que han ofrecido algunos expertos para explicar los resultados del nuevo estudio publicado en Nature. En concreto, Robert Zatorre, del Instituto Neurológico de Montreal, de la Universidad McGill en Montreal, Quebec, Canadá, ha destacado que la música de los tsimané es monofónica. No les gusta cantar en grupo y siempre que hay un cantante los demás miembros del grupo le escuchan en silencia; cuando se les ha pedido que canten en grupo se niegan a hacerlo. Además, los músicos tsimané siempre interpretan melodías con un único instrumento musical. Todo indica que prefieren la interpretación musical monofónica, por lo que su cultura musical no incluye los acordes, las notas tocadas por diferentes instrumentos o por varias voces simultáneas. Este hecho, según Robert Zatorre, podría explicar que los tsimané no sean capaces de diferenciar entre acordes disonantes y consonantes, considerándolos igualmente agradables al oído, a diferencia de cualquier persona expuesta a la cultura musical occidental. En un contexto neurocientífico se podría decir que la plasticidad cerebral de los tsinamé ha moldeado su percepción musical y explica por qué no les molestan los sonidos que a todos nosotros nos resultan disonantes. Interpretar que la biología del sistema auditivo no tiene ningún papel en las preferencias musicales no está libre de sesgos cognitivos y lo que pasa es que los tsimané han educado su cerebro para no diferenciar entre sonidos disonantes y consonantes simplemente por falta de entrenamiento.

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Los resultados de este estudio con indígenas no descartan de forma rotunda que haya cierta componente biológica en la percepción de la música. La cultura podría moldear las propiedades innatas del sistema biológico de percepción de los sonidos. ¿Se ha tenido en cuenta este factor en el nuevo estudio científico publicado en Nature? Por desgracia, estudiar tribus de indígenas que tienen un contacto muy limitado con la cultura de occidente es muy difícil en la actualidad. Los experimentos se han realizado sólo 64 individuos de la tribu tsinamé usando unos auriculares conectados a un ordenador portátil que generaba los sonidos sin que el investigador responsable del experimento pudiera oír los sonidos. Ha sido imposible usar sistemas experimentales más rigurosos para estudiar la respuesta del cerebro de los individuos, como un escáner por resonancia magnética. Realizar estos experimentos in situ en los poblados indígenas impide realizar experimentos de laboratorio como los que se realizan con monos. En concreto, usando macacos se ha observado que las neuronas de la corteza cerebral registran respuestas muy diferentes entre sonidos consonantes y disonantes. Por ello no se puede descartar con rotundidad que además de la componente de aprendizaje cultural haya también una componente biológica importante en nuestra percepción de la música. La cultura juega un papel clave en el reconocimiento de la consonancia y la disonancia, pero que una población humana sea insensible a esta diferencia no descarta que haya factores biológicos relevantes. Como siempre ocurre en ciencia, las conclusiones de un único estudio científico, aunque se publiquen en una revista tan prestigiosa como Nature, deben ser tomadas con cierto escepticismo. La ciencia se construye en base al consenso entre los científicos tras muchos estudios independientes que ofrecen resultados en la misma línea. La investigación con tribus indígenas es muy complicada y sus resultados siempre deben ser confrontados con experimentos en laboratorio usando monos. Futuros estudios con otras tribus indígenas, poco a poco, irán aclarando la cuestión de si nuestros gustos musicales tienen una base biológica o son puramente culturales. Aún así, todo indica que el peso de lo cultural es mucho más importante de lo indicaban los teóricos de la música en los últimos milenios.

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6 Comentarios

  1. En mi opinión las percepciones músicales como casi todo tienen un fuerte componente genético-evolutivo. No somos conscientes de la cantidad de “mecanismos evolutivos” que poseemos, la música es probablemente otro de ellos. Por ejemplo, somos la única especie que llora, este mecanismo evolutivo en el que se utilizan las secreciones del líquido contenido en el saco lagrimal para exteriorizar un estado emocional alterado (de extrema tristeza o de extrema alegría) sirve para que otras personas se den cuenta de ello y puedan interactuar de forma correcta con nosotros (alegrándose con nuestra alegría o consolándonos con nuestra tristeza). Otro mecanismo es incrementar la tensión sanguínea en las mejillas (ruborizarse) para que todo el mundo sepa que estamos mintiendo o que hemos hecho algo vergonzoso. De esta forma es posible identificar a los tramposos o a las personas poco fiables algo clave en las transacciones comerciales o sociales. La música puede ser otro mecanismo evolutivo que sirve para exteriorizar y transmitir emociones y sentimientos: los ritmos lentos y pausados transmitirían tristeza o melancolía mientras que los ritmos rápidos transmitirián alegría, euforia o ira. Con el tiempo la evolución ha ido refinando la sensibilidad de nuestro cerebro a distintos ritmos o combinaciones de sonidos hasta el punto de que actualmente la Música es el instrumento más poderoso que existe para transmitir o manipular los estados emocionales de las personas: los grandes ídolos musicales actuales son gente muy poderosa que (tristemente) se erigen en verdaderos iconos y son idolatrados e imitados por millones de personas. Estos “ídolos” pueden, a través de la música “manipular” las emociones de decenas de miles de personas que abarrotan un estadio, hacer gritar, saltar o incluso desmayarse a miles de adolescentes y transmitir todo tipo de emociones. Por supuesto estos “ídolos” tienen mucho éxito reproductivo por lo que pudo haber en un pasado una “carrera evolutiva” para mejorar las habilidades musicales, esto explica como personas tan feas como Micke Jagger pueden acostarse con cientos de mujeres 🙂
    El caso más extremo es del hard-rock o heavy metal, ritmos contundentes, repetitivos y frenéticos que transmiten con una fuerza increíble las emociones más primarias: ira, euforia, fuerza, sexo, violencia y muerte. No existe nada que transmita emociones tan fuertes hasta el punto de que grupos como Judas Priest, Metallica, Maiden o Rammstein han ido varias veces a juicio por supuestamente causar suicidios o asesinatos en adolescentes. La estética (calaveras, pinchos, etc) y las letras “heavys” confirman los sentimientos que inspiran: letras de muertes, guerras, lucha de clases, sexo y violencia ¿Puede haber sentimientos más fuertes que los instintos primarios? Por cierto, los líderes bélicos se han aprovechado de la manipulación hipnótica que producen los ritmos fuertes y repetitivos: los tambores en las filas de combate provocaban en los soldados una sensación de fuerza e ira que les anulaba el miedo a combatir ¿No es esto una clara manipulación mental? El cerebro humano es claramente manipulable, para bien o para mal. Las redes sociales han acelerado este proceso hasta el punto de que con un par de millones de euros cualquier grupo populista puede convencer a millones de “mentes manipulables” para conseguir su voto y llegar así a gestionar (dilapidar más bien) millones de euros de las arcas públicas ¿No es esto también “manipulación mental”?. La educación y la ciencia pueden, claramente reducir este efecto. De todas formas, quedémonos con lo positivo: la Música es una de las actividades humanas mas bellas, profundas y placenteras, la música nos hace humanos y no distingue entre clases sociales, la música es un bien común de toda la humanidad.

  2. Me parece un tema muy interesante.

    Hay resonancias que muestran claramente que el cerebro de los monos reaccionan de manera diferente con las distintos tipos de acordes pero la gente de esta tribu no parece distinguirlos. ¿Por qué?

    Imaginemos que los científicos quieren hacer un estudio sobre la preferencia de los colores en las tribus indígenas y hacen sus rudimentarias pruebas – porque aunque entendamos las limitaciones el estudio, este es bastante rudimentario – con una tribu de daltónicos. ¿Qué conclusiones habrían sacado?

    Cuando yo viajo al Levante desde Madrid, kilómetros antes de llegar a la playa, desde que empiezo a percibir los primeros olores del Mediterráneo, el olor a sal y a las adelfas en flor, siento como una transformación física en mi organismo, mi corazón se expande y me siento feliz. No noto nada ni remotamente parecido cuando viajo a zonas del Atlántico. Pienso que es debido a que de niño pasé todos los veranos en el Mediterráneo y aquella fue una época muy feliz para mí. Pero el hecho es que distingo muy claramente los olores y me parecen muy distintos, con independencia del significado que yo les atribuya y de las respuestas que me desencadenen, o con independencia de si mi organismo se adaptó durante mi infancia a esos lugares y es por ello que ahora me producen esa especial resonancia.

    1. Una tribu de daltónicos es un ejemplo un tanto extremo, pero se me ocurre otro por el estilo. Si recuerdo bien, hubo casos de primeros contactos con tribus muy primitivas y aisladas que no habían desarrollado arte pictórico más allá de sus rudimentos básicos.

      Esos nativos no podían, no sabían «leer» la profundidad (la tercera dimensión) proyectada en una imagen plana. Para ellos una foto o un dibujo eran sólo manchas de colores. De manera parecida, y pese a estar entrenados desde la cuna, a los occidentales nos cuesta discernir la profundidad «oculta» en un estereograma, y hay gente que no lo logra.

      Finalmente los nativos aprendieron y la cosa les pareció muy obvia, pero necesitaron TIEMPO. Entonces, y sólo entonces, tendría cierta validez un estudio acerca de si la agradable proporción áurea (o serie de Fibonacci) es genética o cultural.

      Estoy intentando imaginarme el factor sorpresa de esa tribu boliviana. Les dieron a escuchar música alienígena, algo que no tenían cómo calibrar. ¿Les dieron TIEMPO para acostumbrarse, para auto culturizarse en el asunto, para formarse una opinión?

      Porque si NO… es como si a mí me pararan en la calle, me mostraran dos despampanantes Lamborghini Aventador, uno rojo y otro amarillo, y me preguntaran cuál me gusta más. ¡Cualquiera de los dos!

  3. De hecho, y para dar más peso aún a la opinión de Robert Zatorre en el propio artículo comentan lo siguiente:

    «Tsimane’ ratings also suggested an aversion to roughness: diotic intervals were again rated lower than dichotic only for small inter-vals, producing significant variation in the diotic-dichotic difference (χ2(7) = 29.25, P = 0.0001; significant differences again only for 1 and 2 semitones, P < 0.05)."

    Aunque la disonancia no tenga porqué estar estrechamente ligada al "roughness" (rugosidad del sonido) ya que puede depender de factores contextuales dentro de una misma estructura musical, sí que juega un papel muy importante a la hora de permitirnos distinguir entre un acorde disonante y otro consonante. ¿Cómo podrían sino sentir aversión por el roughness creado por la suma de dos tonos simples y no por el roughness creado por un sonido complejo? La hipótesis de Zatorre parece dar una buena explicación: su percepción auditiva carece de entrenamiento para percibir el roughness que aparece oculto en un sonido complejo. Igual que nosotros tenemos el oído acostumbrado al temperamento igual y una gran mayoría somos incapaces de captar la desafinación harmónica que ello comporta.

    http://www.tecnopiano.com/blog/arruinado-armonia-temperamento-igual/

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Por Francisco R. Villatoro
Publicado el ⌚ 17 julio, 2016
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