Reseña: «Algo nuevo en los cielos» de Antonio Martínez Ron

Por Francisco R. Villatoro, el 29 marzo, 2022. Categoría(s): Ciencia • Física • Historia • Libros • Personajes • Recomendación • Science ✎ 1

«Cuando vemos un mapa del tiempo estamos contemplando el fruto de una de las mayores hazañas intelectuales de la humanidad, una empresa colectiva que llevó varios siglos y que hoy día no solo tiene su propio espacio en periódicos e informativos de radio y televisión, sino que suele estar entre las secciones más seguidas por el público. Como en un ajuste de cuentas histórico, no hay una sección diaria de astronomía en los medios, pero si una presencia fija de las predicciones que físicos como François Arago consideraron imposibles. [Mientras] miraba el cielo desde mi jardín me hice las preguntas que se hacían los primeros humanos y las que se siguen haciendo los niños, como por qué flotan las nubes o cómo viaja el agua hasta las alturas. [Movido] por aquella inquietud, me obsesioné con la búsqueda de un relato coherente sobre lo que veía en los cielos. El resultado es un viaje personal y científico de abajo arriba, concebido como una novela de aventuras más que como un libro de historia, en el que la trama se irá desenredando a medida que avancemos».

Antonio Martínez Ron, «Algo nuevo en los cielos. El gran viaje de la humanidad por los océanos del aire», Crítica (2022)  [700 pp.], nos vuelve a deslumbrar con un libro que acabará entre las grandes obras de divulgación en español de esta década que acaba de comenzar. Si parecía difícil no ya superar, sino igualar «El ojo desnudo» (2016) [LCMF, 19 nov 2016], sin lugar a dudas Antonio lo ha logrado con este viaje aéreo a través de la historia de lo que sabemos sobre la atmósfera y cómo lo hemos descubierto. No estamos ante un libro historiográfico, per se, sino ante una aventura coral repleta de personajes históricos, a cada cual más fascinante; el lector se sumergirá en muchos recovecos ignotos de una de las empresas humanas más apasionantes de todos los tiempos. He disfrutado mucho con este libro, que he leído mientras ultimaba mi presentación para Naukas Rota 2022. Antonio tiene una prosa que engancha, siempre llena de curiosidades y conocimientos que uno ignora; pero siendo periodista no puede olvidar entrevistar a científicos en activo que complementan con sus conocimientos actuales el hilo histórico.

La edición del libro es exquisita, con una encuadernación cartoné y con maravillosas ilustraciones adaptadas con gran mimo por Alejandro Polanco Masa. Por todo ello te recomiendo de forma encarecida a todos los lectores de este blog esta joya de la divulgación en español. Lo que más impresiona de esta obra es el enorme tesón de Antonio a la hora de bucear en las fuentes originales, un esfuerzo que se nota a cada página que uno lee. Pero además derrocha generosidad y nos brinda un increíble regalo, una recopilación de 56 artículos históricos originales en PDF en la web Divulgameteo de José Miguel Viñas, el gran divulgador español de la meteorología que ha acompañado a Antonio en su inmersión en la física atmosférica; todos estos artículos son clásicos de difícil acceso. Debo confesar que tras finalizar la lectura me han entrado muchas ganas de volver releer el libro acompañado de las fuentes originales (pero lo haré durante este verano cuando tenga más tiempo libre). Una obra imprescindible para todo buen aficionado a la divulgación científica. Sinceramente, ¡a qué esperas para hacerte con tu copia!

 

Tras el Índice [pp. 9-11] y el «Prólogo de José Miguel Viñas» [pp. 15-16], encontramos seis capítulos divididos en 48 secciones. Nos cuenta Viñas que estamos ante «un libro llamado a convertirse en una obra de referencia de la divulgación científica. [Querido lector,] uno de los mejores libros que leerá a lo largo de su vida. [El] largo proceso creativo ha sido fruto de un trabajo arduo, detectivesco, de ratón de biblioteca, que me atrevo a calificar de épico. [Los] devoradores de libros de divulgación científica disfrutarán de una delicatessen en la que el chef Aberron se ha superado. [Le] invito a adentrarse en sus páginas. No le defraudará».

El primer capítulo «Cota cero. Preludio» [pp. 17-53] se inicia con «De mi jardín a la estratosfera» [pp. 19-23] y continúa con «El fantasma de Magritte» [pp. 24-34], «Inventario del cielo» [pp. 35-43] y «Monstruos más allá de las nubes» [pp. 44-53]. Me gustaría destacar que el libro está decorado con ilustraciones adaptadas de forma excelente por Alejandro Polanco Masa. «El físico irlándes John Tyndall [aventuró] una explicación del color del cielo y describió el «efecto invernadero» que producían el vapor de agua y el dióxido de carbono. [Gracias a] sus muchas expediciones en las cumbres de los Alpes». El libro incluye gran número de citas originales (traducidas por el autor) de textos y artículos clásicos de los científicos cuya historia se relata. La selección de estas es exquisita.

El segundo capítulo «Ascensión. Los altos laboratorios» [pp. 55-127] se inicia con «Panorama desde la Esfinge» [pp. 57-63], «el Observatorio Sphinx, a 3.571 metros sobre el nivel del mar». Allí, «Nadine Borduas y su equipo recogen pedacitos de nube. [Ella] estudia la composición química, la cantidad de oxígeno y carbono orgánico que contiene este «agua de nube» . Otros miembros de su equipo hacen un recuento de los núcleos que permiten que el agua se condense en forma de hielo. Estas partículas albergan el secreto de las nubes. Sin ellas, en un cielo completamente limpio de aerosoles, el agua en forma de gas no podría condensarse. [El] polvo sahariano y las bacterias son los mejores elementos para formar estas nubes [en los Alpes]. Metafóricamente hablando, es como si Nadine buscara nubes muertas entre la nieve, les hiciera la autopsia y después tratara de resucitarlas».

Continúa con «Escalas del azul» [pp. 64-72], que presenta la dispersión de Rayleigh. «El peso del aire» [pp. 73-82], donde aparece el «nefobasímetro o ceilómetro, [que] se utiliza para medir la distancia hasta la base de las nubes»; «Domadores de nubes» [pp. 83-90], que presenta la clasificación de las nubes (cirrus, cumulus, cirro-cumulus, cumulo-stratus, …); «el gran mérito de aquella nueva clasificación estaba en su versatilidad y sencillez y en haber sabido ver un patrón de orden en algo que había parecido tan caótico a sus antecesores. El humilde Luke Howard, un simple farmacéutico sin una fortuna ni grandes nombres que le apadrinaran, había conseguido domar, gracias a su capacidad de observación, a las revoltosas e impredecibles nubes».

«Por los cielos del mundo» [pp. 91-99], nos comenta la última actualización del Atlas Internacional de Nubes en 2017 y finaliza comentando que «los poetas de todas las generaciones usaron [las nubes] como fuente de inspiración y un elemento perfecto para jugar con sus ideas, sobre la vida o sobre su propio estado de ánimo». «Nubes en una botella» [pp. 100-106], relata la historia de Otto von Guericke que «fabricó un prototipo de baroscopio y realizó lo que quizás se pueda considerar como la primera predicción del tiempo de la historia [y] fue el primero en «fabricar» una nube dentro de un espacio cerrado».

«El rocío del sol» [pp. 107-117] y «Una lluvia hacia arriba [pp. 118-127] nos cuentan que «hoy sabemos que las gotas que componen una nube son tan pequeñas y están tan separadas entre sí que si atrapáramos un pedazo de un 1 metro por 1 metro por 1 metro (es decir, un metro cúbico), apenas obtendríamos medio gramo de agua. Eso sí, como el cúmulo es tan largo y alto (pongamos que tiene un kilómetro de alto y ancho), cada uno de ellos puede sumar centenares de toneladas». El autor no solo relata hechos históricos sino que también ha entrevistado a científicos vivos de los que extrae citas que encajan a la perfección en su texto. «La pregunta inocente del niño, «¿Por qué flotan las nubes?», se responde cuando pensamos en la densidad que tienen estos gigantes. «De 0,5 a 2 gramos de agua por metro cúbico de nube o, expresado de otra forma, de una gota de lluvia por cada 5 litros de aire», según el maestro [de meteorólogos] Lorenzo García Pedraza». También se presenta la evaporación que responde a «lo que se planteaba mi hijo David a los cinco años cuando me preguntó: «¿Acaso llueve hacia arriba cuando no miramos?». [Resulta] evidente que, con 18 daltons, cada molécula de agua es más «ligera» que las de oxígeno y nitrógeno, lo que explica por qué el aire cargado de humedad asciende más que el aire seco».

El tercer capítulo «Despegue. En las playas del aire» [pp. 129-227] nos describe la exploración de los cielos usando globos. «Bosquejo de las alturas» [pp. 131-140] se inicia en París, con Wolfgang von Goethe, Alexander von Humboldt, Aimé Bonpland, y Louis Gay-Lussac, este último protagonista estelar de «La silla de Dios» [pp. 141-144]. «Barqueros celestes» [pp. 145-149] presenta a Diego Aguilar, Francisco Luna y Bartolomeu Lourenço Gusmão. Los aficionados a la historia de la técnica (o tecnología) disfrutarán de «Una nube en una bolsa de papel» [pp. 150-156], «La utilidad de un «recién nacido»» [pp. 157-165], «En el anfiteatro de las nubes» [pp. 166-173] y «El año de las maravillas» [pp. 174-185]. «Muchas de aquellas conclusiones las sacó [Benjamin Franklin] a partir de simples observaciones y gracias a su increíble capacidad de deducción. Franklin estaba dando palos de ciego, pero es posible que ningún científico haya dado golpes en la oscuridad tan certeros como los suyos».

«Domesticando el caos» [pp. 186-203] nos introduce la eudiometría para «saber de qué está hecho el aire que respiramos y si variaba con la altura o en diferentes lugares de la Tierra». Martí i Franquès descubrió que «de las cien partes de aire introducido en el eudiómetro, siempre obtenía 79 de «mofeta» (como llamaba al nitrógeno) y 21 de aquel gas que permitía respirar. [A] pesar de su audaz aportación, Martí i Franquès quedó sepultado por la historia. [Los] trabajos más llamativos de Louis Joseph Gay-Lussac una década después, quedaron fijados en la memoria colectiva como los que zanjaron la cuestión». Finalizan el capítulo «Un horizonte de bolsillo» [p. 204-215] y «¡Excelsior!» [p. 216-227], donde el autor, «monsieur Martínez», se subió a un globo (su bautismo de vuelo).

Me ha gustado mucho el cuarto capítulo «Turbulencias. Donde giran los vientos» [pp. 231-365]. Empieza con «Un vals sobre Königsberg» [p. 231-241], que a su vez se inicia con el «reportaje titulado «La tormenta», [considerado] hoy el primer trabajo periodístico de la historia. Daniel Defoe recogió centenares de testimonios.» El autor nos habla de los vientos alisios «que soplaban suavemente hacia el oeste y que habían llevado a Colón a su destino», cómo Alexander von Humboldt introdujo las isotermas y cómo George Hadley explicó los alisios ecuatoriales e introduje las «células de Hadley», «una de las piezas clave para entender la circulación atmosférica».

Continúa con «La guerra de las tormentas» [p. 242-252], sobre el descubrimiento de James Pollard Espy «de que el calor latente jugaba un importante papel en la formación de las nubes». En «Ascensores atmosféricos» [p. 253-268], unos poemas nos lleva a la épica hazaña de William Rankin, «que estuvo cuarenta minutos en el corazón de una tormenta», un cumulonimbo. «Loomis y el cañón de pollos» [p. 269-281], nos recuerda que «a pesar de los esfuerzos, los pioneros de la meteorología sintieron con frecuencia el desprecio intelectual de sus colegas y la materia permaneció envuelta en un aura de superstición»; y nos relata historias como la del astrónomo Charles Piazzi Smyth y su mujer, Jessica Duncan, y de Elias Loomis; «Loomis publicaba algunos de los primeros mapas sinópticos del tiempo, en los que representaba  las zonas de igual presión, mediante una línea parecida a una isobara. [Para] algunos autores, estaba describiendo lo que más adelante sería conocido como un frente frío».

Como afirma su título, «El mapa del tiempo» [p. 282-300] nos explica cómo surgieron y cómo se interpretan los mapas meteorológicos que todos disfrutamos en los medios; se destaca el trabajo en 1856 de William Ferrel, «un artículo que, según su contemporáneo Cleveland Abbe, aportaba a la meteorología «lo que los Principia habían aportado a la astronomía»», ya que describía «las cuatro fuerzas principales que actuaban sobre la atmósfera». Disfrutamos de una curiosa anécdota en «¿Volverá a caer?» [p. 301-307], que lleva al efecto de Coriolis, y del espléndido y comprehensivo «Los relojeros del cielo» [p. 308-322], con la teoría de los frentes de Jacob Bjerkness en 1919.

La circulación atmosférica global se presenta en «La volta do mar» [p. 323-344], junto con su acoplamiento con la circulación oceánica global; se presenta el trabajo de Vagn Walfrid Ekman y su famosa espiral, y se concluye con «el trabajo de Ricardo García Herrera y sus colegas, [una] maravillosa mezcla de historiografía y meteorología que ha permitido ampliar el registro hasta los tiempos de los primeros viajes transoceánicos». Finaliza el capítulo con la hazaña de James Glaisher y Henry Coxwell en «Con los vientos alisios» [p. 345-363], que incluye en su interior 8 páginas a todo color, con láminas que son citadas en el texto, aunque no de forma explícita, con lo que requieren la atención del lector para encontrar las que aparecen.

Debo confesar que no conocía en detalle la historia de la meteorología y que Antonio Martínez Ron me ha desvelado historias apasionantes que ignoraba. En el quinto capítulo, «Espectros. Escenas en la niebla» [pp. 365-429], empezamos con «Los extraordinarios atardeceres» [p. 367-379], con John Aitken como protagonista. «El trabajo de Aitken [fue] uno de los más importantes en la historia de la ciencia. [Su] contador de motas de polvo, llamado koniscopio, se basaba en los cambios de color en la luz que atravesaba las pequeñas gotitas de condensación»; me ha encantado el relato de la explosión del volcán Krakatoa. «Una niebla cósmica» [p. 380-390] nos introduce «el proyecto CLOUD [del CERN], mucho menos conocido que las colisiones del LHC»; yo conocía su existencia, pero nunca había degustado sus descubrimientos. El autor entrevista a Ismael K. Ortega, quien le contó «una historia que no aparecía en las notas de prensa del CERN». Te

Los intentos de control atmosférico se presentan en «Fabricantes de lluvia» [p. 391-403] . ¿Funcionan? «La respuesta es que no está demostrado y que en la inmensa mayoría de los casos el efecto no es significativo». La poco conocida aerobiología se describe en «Viajeros microscópicos» [p. 404-414], que incluye a «Pseudomonas syringae, la bacteria de la escarcha» y las proteínas InaZ. Finaliza el capítulo con el muy interesante «El cielo envenenado» [p. 415-429], que concluye mencionando el efecto de la COVID-19 sobre la contaminación de las ciudades.

El sexto, último y más extenso capítulo es «Estratosfera. Más allá de las nubes» [pp. 431-628], que relata la historia de la tecnología aeronáutica, porque ha sido necesaria para desvelar los últimos secretos sobre la atmósfera. Se inicia con «El límite del cielo» [p. 433-443], que nos cuenta que «el meteorólogo británico Napier Shaw dijo que [la estratosfera] era «el descubrimiento más sorprendente de la historia de la meteorología»». La historia de los primeros intentos de vuelo humano se relata en «Saltos desde una colina» [p. 444-454] y se continúa con el éxito de los hermanos Wright en «Un ensayo sobre la incredulidad» [p. 455-468]. No faltan los zeppelines en «Aquellos hombrecillos voladores» [p. 469-484], ni el pionero español Emilio Herrara en «Un príncipe en mangas de camisa» [p. 485-503].

Una agradable peculiaridad del libro es que está decorado con algunos poemas cortos de diferentes autores que encajan a la perfección en el texto. Por ejemplo, en «La mirada del aviador» [p. 504-522], encontramos poemas de Concha Méndez y Jorge Guillén; en esta sección aparece, como no, Antoine de Saint-Exupéry. La «Atmósfera Estándar Internacional (ISA) [sirve] para elegir el «nivel de vuelo» (FL) en el que volar, una altitud medida a partir de la presión de esa atmósfera estándar. A efectos prácticos, es como si el comandante eligiera volar a una presión constante. [Si] pudiéramos medir la altitud real respecto al nivel del mar de ese avión durante el vuelo podríamos ver que va haciendo subidas y bajadas, porque la atmósfera no es un sistema homogéneo, sino que está llena de irregularidades». El avión sigue las curvas  «llamadas isohipsas, las que unen aquellos puntos de la atmósfera en que la presión es igual a la misma altitud».

Las radiosondas protagonizan «Un sabueso en las alturas» [p. 523-534], las cápsulas de presurización «Los buzos estratosféricos» [p. 535-559], las aportaciones de Carl-Gustaf Rossby a la física atmosférica «Los ríos del aire» [p. 560-579], el salto de Joseph Kittinger «Jinetes del abismo» [p. 580-593] y los satélites meterológicos «Los ojos del cielo» [p. 594-613]. Me gustaría destacar la excelente explicación de «la inestabilidad del vórtice polar», en «Los ríos del aire», a la «que le atribuyen las grandes olas de frío o los trenes de ciclones extratropicales que se producen periódicamente en el hemisferio norte. [La] causa última de estas variaciones parece estar en los conocidos como «calentamientos súbitos de la estratosfera»».

Finaliza el capítulo con el envío por parte del autor y varios amigos de una radiosonda desde su propia casa (con todos los permisos necesarios), que se presenta en «El último escalón» [p. 614-628]. La misión Estrato Vallekas I fue todo un éxito y es el colofón ideal de un increíble viaje por la ciencia de la atmósfera. En el «Epílogo. En los cielos de otros mundos» [p. 631-634] el autor nos confiesa que «pasar cinco años inmerso en la escritura de un libro se parece un poco a escalar una montaña muy alta. Con la diferencia de que el escalador sabe perfectamente cuándo ha alcanzado la cima y el escritor debe decidir cuándo dejarlo y comenzar el descenso». Todos los grandes protagonistas del libro nos saludan como los actores «al terminar una obra de teatro» en «Saludo final» [pp. 635-637].

Tras los obligados «Agradecimientos» [p. 639-641] nos encontramos con una detallada «Cronología» [p. 643-648], la «Bibliografía esencial» [p. 649-651] y las «Notas» [p. 653-684], así como los «Créditos de las fotografías/ilustraciones» [p. 685] y el «Índice onomástico» [p. 687-700]. Repito, sin lugar a dudas, una joya de la divulgación que no puedes dejar de leer. Una obra que combina historias humanas alucinantes con el desarrollo de los métodos científicos que nos han llevado a desvelar todos los secretos de la atmósfera. Un obra imprescindible que disfrutarás como yo mismo lo he hecho.



1 Comentario

  1. Francis, ojalá yo también tuviera la capacidad de entender, disfrutar y transmitir tanta pasión por la ciencia como tú lo logras. Un abrazo.

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