Las patentes como fuente de financiación de las universidades

dibujo20090324periodicoadncaricaturaporrasEspaña es un país en el que se patenta poco dentro de las universidades. Las patentes “rentables” son una buena fuente de financiación para las universidades. Pero los “buenos” investigadores no tienen tiempo para perder rellenando solicitudes de patentes. El papel de las OTRI de las universidades es clave para facilitarles la tarea y no sólo en España. Un ejemplo bonito al respecto es la historia de la patente del método de recombinación de ADN de Cohen-Boyer, donde el papel de la OTRI de la Universidad de Stanford, California, fue fundamental. Nos lo comenta Rajendra K. Bera, “The story of the Cohen-Boyer patents,” Current Science 96: 760-762, 25 March 2009 . Las conferencias y congresos internacionales sirven para que se conozcan personas que de otro modo nunca hubieran pensado que su trabajo tuviera algo en común. En 1972 así se conocieron en un congreso en Hawaii un médico de la Stanford University, Stanley Cohen, y un bioquímico de la University of California, San Francisco, Herbert Boyer. El trabajo de ambos era completamente diferente pero complementario, como el yin y el yang. Cada uno aportó su media naranja y tras unos meses de colaboración desarrollaron la técnica de recombinación de ADN. Su artículo, con otros 2 autores, se publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences en 1973. Cohen y Boyer no estaban interesados en patentar su descubrimiento, un método de investigación básica. Además, no había costumbre de patentar en biología en los 1970s.

Niels Reimers, creador del Programa de Comercialización de Tecnología de la Stanford University en 1970, algo similar a las actuales OTRI, Oficinas de Transferencia de Resultados de Investigación de nuestras universidades españolas, jugó un papel clave en la patente. Reimens le insistió constantemente a Cohen durante todo un año. Debía rellenar la solicitud de patente. Y lo hizo. El 4 November de 1974, Cohen y Boyer enviaron la solicitud de patente de su descubrimiento (una semana antes del fin del plazo legal para hacerlo, un año tras la publicación del artículo).

El proceso de la patente no fue un camino de rosas. Patentar una herramienta biológica era algo muy difícil en aquella época. Al final se enviaron tres solicitudes de patente que acabaron siendo concedidas el 2 diciembre de 1980 (US Patent No. 4,237,224), el 28 de agosto de 1984 (US Patent No. 4,468,464) y el 26 abril de 1988 (US Patent No. 4,740,470). Las 3 patentes expiraron con la misma fecha simultáneamente (2 de diciembre de 1997) debido a que hacen referencia a la misma invención. Las 3 patentes se asignaron a la Universidad de Stanford aunque los derechos de explotación fueron compartidos con la Universidad de California. A finales de 2001, estas patentes habían dado un beneficio de 255 M$ (milliones de dólares) para ambas universidades obtenidos gracias a la concesión de licencias a 468 empresas biofarmacéuticas.

Cohen y Boyer inventaron el método, pero sin la persuasión de Reimers la patente nunca se hubiera solicitado. Reimers, tras 22 años en la OTRI de Stanford, pasó a dirigir la OTRI del MIT (1985-86), fundó la OTRI de la University of California, en Berkeley (1989-90) y la de la University of California, San Francisco (1996-98).

Las universidades norteamericanas nos llevan mucha ventaja en lo que ha comercialización de patentes se refiere. Por ejemplo, en el año fiscal de 2007, los mayores beneficios gracias a la licencia de patentes fueron obtenidos por las siguientes universidades: New York University (approx. 791.2 M$), Coloumbia University (135.6 M$), The University of California system (97.6 M$), Northwestern University (85 M$), y Wake Forest University (71.2 M$). Cifras de escándalo.

En España, el ejemplo más parecido a la historia de Cohen-Boyer, valgan las distancias, es la patente de Margarita Salas, ya marquesa y próxima Doctora Honoris Causa por la Universidad de Málaga, de un proceso de amplificación de pequeñas muestras de ADN gracias a la ADN polimerasa que se produce cuando un virus (Ø29 o Phi29) infecta a un bacilo (Bacillus subtilis). Los beneficios de esta patente producen la mitad de los ingresos por royalties del Centro Superior de Investigaciones científicas (CSIC), la institución que más patentes solicita en España. Por la patente de la doctora Salas, el CSIC ha ingresado desde 2003, año de la explotación plena del producto, 3.750.596 euros, cifra que la convierte en una de las más productivas de España, país en que se tramitan unas 3.200 patentes al año, de las que cerca de 400 son solicitadas por las universidades y por el CSIC [noticia en prensa].

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