Reseña: “Vamos a comprar mentiras” de José Manuel López Nicolás

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“La publicidad exagera hasta límites insospechados las bondades de los productos. Por [ello] no estaría de más que aplicásemos el sentido crítico y desconfiáramos de lo que nos prometen en una etiqueta, un spot televisivo o una cuña periodística. [También] es nuestra responsabilidad denunciar ante las autoridades pertinentes los engaños que detectemos. Quejarse y no actuar no sirve de nada. En nuestras manos está cambiar muchísimas cosas”.

Servicio Público, con mayúsculas. El nuevo libro de José Manuel López Nicolás, “Vamos a comprar mentiras. Alimentos y cosméticos desmontandos por la ciencia”, Cálamo, 2016 [361 pp.], es un libro necesario, casi imprescindible. Todos somos consumidores de alimentos y cosméticos. Para elegir mejor necesitamos estar bien informados. La publicidad de dichos productos nos engaña y nos condiciona, tanto de forma explícita como subliminal. Por ello que nos ofrezcan ejemplos concretos es muy relevante para educar nuestro espíritu crítico.

Por supuesto, José Manuel es amigo, así que esta reseña está sesgada. Pero no soy el único, somos muchos los que seguimos con regularidad el premiado blog del autor, Scientia. Allí se han expuesto la mayoría de los temas que se presentan en el libro. Aún así, muchos le hemos pedido que escriba un libro donde los recopile para facilitar su consulta y ofrecer un contexto común. Además, la blogosfera se caracteriza por un público cautivo y la difusión del libro en librerías y bibliotecas permite ir más allá.

Por cierto, el estilo de escritura del libro es similar al de Scientia, toda una garantía de éxito, aunque el lenguaje es un poco más comedido, como no podía ser menos. Sin lugar a dudas, el nuevo libro de López Nicolás es muy recomendable y merece formar parte de toda biblioteca personal de quien desee estar bien informado sobre los productos de nutrición y cosmética que consume. Porque todos los consumimos.

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El libro está dividido en 17 capítulos, cada uno con su bibliografía, y un epílogo final. El primero, “¿Por qué nace Vamos a comprar mentiras?” [pp. 11-14] hace las veces de introducción y justificación. “Creo que es el momento de sacar a relucir, usando la ciencia como valiosa herramienta, la verdad de muchos de los productos que estoy seguro que ustedes consumen incluso sin saberlo. Su bolsillo y su salud se lo agradecerán… ¡Comencemos!”

El segundo capítulo, “Diez cosas que usted debería saber sobre los alimentos funcionales” [pp. 15-37], nos recuerda que “la sociedad no tiene claros algunos conceptos sobre este tipo de productos”, ni tampoco la diferencia entre marketing (las 4 P) y publicidad (o promoción). La sinceridad de José Manuel decora todo el libro: “Mi opinión es rotunda al respecto. Llevando una alimentación correcta y un estilo de vida saludable es muy sencillo alcanzar las cantidades recomendadas de todos los nutrientes. [Por ello] consumir este tipo de productos para suplir déficits es un carísimo parche sin sentido que solo sirve para ahondar en el principal problema: las malas prácticas nutricionales”.

La columna vertebral del libro es la EFSA; “en respuesta a [una] serie de alarmas alimentarias en 2002 la UE creó la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)”. Acompañada por el “Reglamento (CE) 1924/2006 relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables de los alimentos”. Gracias a ambos el libro nos permite “conocer la verdad que se esconde tras muchos famosos productos que tenemos a nuestro alcance en la mayoría de las superficies comerciales”.

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“El comando Actimel contra la fibra: ¡DesActimelízate!” [pp. 37-68], el capítulo tercero, que nos presenta la “guerra fraticida entre los archiconocidos probióticos, cuya estrella es el famoso Actimel, [y] los no menos famosos prebióticos”. Por cierto, “Actimel no tiene en el momento de publicación de este libro ningún informe positivo por parte de la EFSA”, por lo que Danone recurre a “la estrategia del asterisco”, una de las marcas de la casa en la divulgación de José Manuel. Quien, como no, se moja: “o eres partidario de los probióticos o lo eres de los prebióticos… y yo prefiero la química de los prebióticos a la microbiología de los probióticos”.

El capítulo cuarto, “Leches para niños… leches para adultos” [pp. 69-83], y el quinto, “El colesterol y la lactosa… esos grandes incomprendidos” [pp. 84-106], nos aclaran gran número de leyendas urbanas sobre estos productos. Por ejemplo, “es absurdo que los tolerantes [a la lactosa] compren leche sin lactosa salvo que busquen diferentes características sensoriales (el poder edulcorante de la lactosa [es] menor que [el] de la glucosa y de la galactosa)”.

“Monster y Red Bull… vaya par de gemelos” [pp. 107-136], nos recuerda que “el azúcar [es] la amenaza fantasma de las bebidas energéticas”. En todos los capítulos José Manuel nos resume lo que sabe sobre la acción de las sustancias clave de los alimentos presentados, nos aclara lo que afirma la EFSA sobre sus beneficios saludables, nos presenta su opinión sincera sobre su consumo y, finalmente, nos advierte sobre su consumo excesivo.

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“Como les he dicho en contra de lo que defiende el nutricionismo, el efecto de un alimento no es el efecto de la suma de cada uno de sus ingredientes individualmente. [La] necesidad de asignaturas de educación nutricional en diferentes etapas escolares es cada vez mayor. No basta con esporádicos cursos, conferencias, días de la nutrición, etc. Hay que reglar dicha educación nutricional incorporándola a planes docentes académicos”. Sobre todo porque “hay auténticas bombas de relojería [al] alcance de cualquier niño sea cual sea su edad en cualquier superficie comercial”.

“Con colorantes, con conservantes, con mucha química y otras porquerías” [pp. 137-161], el séptimo capítulo, discute la quimiofobia asociada a los aditivos y su fomento en el etiquetado de alimentos. “Para aumentar el índice de ventas se permite etiquetar un alimento con un mensaje que sugiere a la población que la asusencia de [un] compuesto es beneficiosa para la salud. Personalmente no me lo explico”. José Manuel nos confiesa que “lleva muchos años inmerso en una cruzada científica [para] luchar contra la quimiofobia incrementando la cultura científica de la sociedad, [pero] creo que no es suficiente”. La legislación debería prohibir las malas prácticas empresariales en este sector.

Tras “Fundaciones y medios de comunicación: la amenaza fantasma” [pp. 162-179], sobre la pseudociencia y la incultura científica, el libro cambia de derrotero en “El menú nanotecnológico debe esperar” [pp. 180-207]. Me ha gustado la parte de “envases activos e inteligentes”. Los consumidores de cerveza ya conocen las tintas termocrómicas de las latas de algunas marcas. Pero quiero destacar el papel de la divulgación: “La nanotecnología debe aprender de los errores cometidos en el pasado en otras áreas científicas como es el caso del desarrollo de los alimentos transgénicos donde la desinformación que tiene la población está llevando a la biotecnología a una situación muy delicada”.

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Me gusta que el libro incluya referencias al final de cada capítulo (los artículos citados en el texto). Muchos divulgadores las omiten, o las presentan en notas a pie de página. En mi opinión son imprescindibles para dar empaque al contenido. Retorna la pluma del autor a su línea habitual en “El elixir de la eterna juventud: su majestad el Revidox” [pp. 208-229], el capítulo décimo. Tras una discusión muy interesante sobre “la falacia del consumo moderado de alcohol” se llega al penoso caso de “el Revidox y el CSIC: un matrimonio bien avenido”. Coincido con José Manuel en que “un aspecto muy preocupante del caso del Revidox es el papel que el CSIC está desempeñando”.

Tras la nutrición, el libro se dirige hacia la cosmética. El capítulo undécimo, “No por mucho empastillarte adelgazas más temprano” [pp. 230-252], hace de puente y nos lleva hacia “Nueve de cada diez empresas de cosmética te toman el pelo… y también la cartera” [pp. 253-269]. El primer capítulo sobre cosmética se inicia con el bálsamo de Fierabrás y discute “las luces” y “las sombras” del Reglamento (CE) 655/2013.

“Siete tratamientos de belleza que no son lo que parecen” [pp. 270-291], desde “cremas con adn… el no va más” hasta “la horchaterapia ecológica para mejorar el rendimiento sexual… sí, lo que han leído”, pasando por “ungüentos con rayos infrarrojos: la crème de la crème”. Por cierto, se cita a la química y divulgadora Deborah García Bello y su blog Dimetilsulfuro.

Una de las señas de identidad de José Manuel es que no tiene miedo a mencionar nombres de marcas y de productos. En “¿Bellas o bestias? Cremas que envenenan y desodorantes que matan” [pp. 292-314] nos habla de las cremas de Mercadona que fueron retiradas del mercado, aunque no tienen riesgo alguno para la salud. La parte final discute el aluminio en los desodorantes. Porque “0% de clorhidrato de aluminio no es lo mismo que 0% aluminio”.

El autor finaliza la parte de cosmética conectando con la nutrición en “La nutricosmética o cómo comerte un kiwi te hace más bella” [pp. 315-329], el capítulo quince. En este capítulo vuelven a aparecer las siglas del CSIC. “Las instituciones científicas deben cuidar ‘muy mucho’ qué tipo de productos respaldan, sean cuales sean las contraprestaciones que reciban a cambio”.

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Los dos últimos capítulos del libro son un aporte importante aporte de Servicio Público: “Cómo evitar un fraude en cinco cómodos pasos” [pp. 329-343], donde el autor nos desvela su secreto a la hora de comprobar la verdad de los mensajes publicitarios y nos pone tres ejercicios prácticas (con sus soluciones para facilitar la autocorrección). Finalmente, “Los siete pecado(re)s capitales del fraude pseudocientífico” [pp. 344-359], es un resumen perfecto del libro. Una lectura imprescindible y que nos tiene que hacer pensar con rigor sobre nuestra actitud hacia los productos que consumimos.

“La UE tiene mucha responsabilidad en todo este embrollo en que se encuentran sumergidos el sector de la alimentación y el cosmético. La redacción de dos Reglamentos absurdos y con grandes lagunas en muchos de sus artículos ha provocado no solo que el consumidor siga sin verse protegido, sino que las trampas puedan realizarse en el marco de la ley. [Las] autoridades europeas deberían enmendar todo este despropósito revisando urgentemente [ambos] Reglamentos”.

El consumidor tiene que tener un papel activo, yo diría más, proactivo. Pero para ello debe estar bien informado. Libros como “Vamos a comprar mentiras” de José Manuel López Nicolás son necesarios. Como finaliza el autor en el “Epílogo” [pp. 359-361], “espero haber inculcado en ustedes un espíritu crítico hacia muchas de las propiedades publicitadas en los alimentos y cosméticos. En realidad dicho espíritu crítico no debería hacer falta, [pero] en este libro les he demostrado que es, desgraciadamente, más que necesario”.

Reseñar un libro de un divulgador tan conocido y reconocido como López Nicolás no es fácil. Su estilo es bien conocido. El libro lo preserva. Sus contenidos van en la línea habitual de su blog, también muy conocido. Aún así, me parece un libro muy recomendable. Sobre todo para quienes preferimos leer un buen libro a bucear en la web. Fuera de toda duda, te recomiendo encarecidamente este libro (aunque seguro que muchos ya lo habrán leído). Divulgación científica de calidad. Servicio Público.

5 comentarios

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Pedro Mascarós Pedro Mascarós

Utilizar la EFSA ha sido una de las grandes cosas que hemos aprendido en Scientia.
Espero que tenga mucho éxito con el libro.

planck planck

En mi opinión toda esta ignorancia y estupidez entorno a temas alimenticios y de salud en general, procede de un hecho fundamental: más del 99% de las personas no saben lo que son. Me atrevería a decir que la mayoría piensan que han surgido de alguna especie de fenómeno milagroso que sucede en el vientre de la madre. Algunos han oído algo de evolución pero no la entienden o no les interesa nada del tema, muchos han oído hablar de genes y ADN pero casi nadie entiende realmente que es un gen o que es lo que hace y así con casi todo: células, bacterias, virus, proteínas, etc. Lo más penoso es que incluso algunos médicos ignoran conceptos genéticos y evolutivos básicos. La hipertensión, por ejemplo, es probablemente una “maladaptación” de nuestros genes a los tiempos modernos ricos en sal. En entornos ancestrales, sobre todo en sitios secos era fundamental retener la sal para sobrevivir y los genes siguen haciéndolo a pesar de que actualmente no solo no es necesario sino que es perjudicial. También es posible que la tensión alta tuviese una ventaja adaptativa aún desconocida en algunos entornos. Algo parecido sucede con muchísimas enfermedades o trastornos médicos: diabetes. bloqueo ramal derecho, etc. En la obesidad influyen componentes genéticos algunos relacionados con el control de la flora bacteriana, si consiguieramos entender estos mecanismos en detalle podríamos intentar solucionar una de las mayores plagas del siglo XXI. Por otro lado es evidente que nuestro sistema “gustativo” ha evolucionado para dar preferencia a alimentos ricos en energía, sobre todo azúcar, por esto, siempre los alimentos más “ricos” son los que más engordan, si las acelgas tuviesen el valor energético de un “pepito de chocolate” no tendrían ese sabor tan malo :D. Por otro lado los ecologistas “fundamentalistas” están haciendo estragos entre la masa ignorante: que si las dietas solo vegetarianas, que si los transgénicos, que si lo natural, que si cantar a los pollos y a las gallinas antes de sacrificarlas 🙂
Me llama mucho la atención que nunca se habla de los peligros de los alimentos vegetales: las verduras son buenísimas porque son naturales y la carne es mala porque tiene muchos productos artificiales. Se ignora el hecho de que las plantas llevan miles de millones de años fabricando toda clase de venenos para luchar contra sus depredadores naturales: los insectos, los virus y bacterias y más recientemente los animales y los humanos. Las plantas son verdaderas fábricas de armas químicas. La soja o el trébol por ejemplo fabrican fitoestrógenos (similar a las hormonas femeninas) para evitar que los carneros dejen preñadas a las ovejas y reducir así la población de depredadores (ya sabes: no tomes mucha soja antes de “cumplir” con tu pareja :-). Se estima que un porcentaje importante de cáncer es debido al consumo de estos venenos vegetales. ¿Por que no hablan de esto los payasetes ecologistas? Vivimos en un mundo de modas, ignorancia y estupidez por esto es necesaria la ciencia más que nunca, la ciencia nos explica como funciona el mundo que nos rodea y nos presenta un mundo increíble repleto de fenómenos fascinantes. Lamentablemente la mayor parte de la población prefiere vivir en la ignorancia y en un mundo irreal repleto de supersticiones, creencias, modas y estupideces… hasta que necesitan de la ciencia para curarse. Que le vamos a hacer.

Fernando Martinez Fernando Martinez

Que la ciencia cura? , que se lo digan a los enfermos crónicos. La ciencia, ( no hay que mentir con asuntos relacionados con la salud), la ciencia, está vendida al mercado y gastamos millones en investigaciones absurdas, como la estupidez de la particula divina y memeces así, mientras la gente padece! su ciencia ha matado a mucha gente! Las plantas sí pueden ser curativas, porqué se venden en las farmacias y supeemercados? Alguna enfermedad que cure la ciencia? La pobreza de los farmaceútucos?.

Chema Chema

La ciencia entre otras cosas le ha proporcionado el aparato que está usando para exponer sus argumentos y los sistemas de comunicaciones que hacen posible su transmisión.

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