Reseña: “Ciencia y consciencia” de Eduardo Arroyo

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“Entender la consciencia exige salir de nuestro ser para pensar sobre nosotros mismos: objetivar la subjetividad. [No] podemos separar entre observador y observado: las personas somos un ejemplo del universo observándose a sí mismo. [Esta] situación circular, donde el observador se observa a sí mismo mientras intenta no influir en lo que observa, [produce] paradojas aparentes con las que hay que lidiar. [La] ciencia avanza a base de encontrar contradicciones y despejarlas”.

Un libro que promete más de lo que ofrece. Eduardo Arroyo, “Ciencia y consciencia. La interacción entre mente y materia”, Un paseo por el cosmos, RBA Coleccionables (2016) [159 pp.]. El problema de la consciencia es “tan difícil que su estudio requiere conceptos de áreas dispares, desde las matemáticas fundamentales a la física, pasando por la computación. [Física] y consciencia son inseparables, porque la física estudia las leyes que rigen el universo y las personas somos, nos guste o no, una parte inseparable de ese universo”. Pero como el propio autor reconoce “[La] física, por definición, no puede abordar el problema de la consciencia”.

Muchos físicos han intentado abordar el problema de la consciencia desde el punto de la vista de la física. Arroyo trata de seguir sus pasos. Pero en un libro tan breve y con una pluma no demasiado diestra, su intención se queda en eso, buenas intenciones. En mi opinión, quien quiera entender el problema de la consciencia debería recurrir a los libros de neurocientíficos y psicólogos experimentales, que le aportarán una visión más precisa de la cuestión.

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La Introducción [pp. 7-11] introduce el reduccionismo en la física y comenta “si la consciencia no es generada por la interacción entre nuestras partículas [fundamentales] ¿qué la causa? Nadie lo sabe. [El] problema de la consciencia [es] peliagudo. El libre albedrío es una sensación, pero la consciencia es una condición previa a tener sensaciones. [Si] todo lo que hay en el universo son partículas que chocan entre sí, ¿cómo surge la consciencia?  Aún así, el autor se dispone a presentar el papel del observador en la física cuántica y en la física relativista.

El capítulo 2, “El problema de la medida” [pp. 13-60], empieza con un poco de filosofía, “a la creencia de que mente y materia son los mismo se le suele llamar monismo y a la contraria, dualismo“. Pero luego se enreda en la relación entre “consciencia y realidad cuántica”. Tras describir el experimento de la doble rendija, se discute el papel del observador en física cuántica. “La decoherencia cuántica: el observador no importa” se refiere a que “la presencia de un observador consciente [es innecesaria, basta] la interacción del sistema con un cuerpo macroscópico”. Se presenta el concepto de entrelazamiento cuántico, y la interacción entre sistema y entorno.

La interpretación de Copenhague, en el marco del “calla y calcula” de Feynman, nos lleva a la “teoría de mútiples universos de Hugh Everett”. Hay que esperar hasta la página 53 para que la consciencia retorne al libro en “mentes clásicas asediadas por fenómenos cuánticos”. Pero en la página 55 nos volvemos a adentrar en la física cuántica con “el borrador cuántico de elección retardada” que explica el experimento de Kim et al. (1999). Se afirma que “este experimento ha llevado a algunos filósofos a afirmar que demuestra que nuestra consciencia determina la realidad y no a la inversa”. Finalmente se finaliza con “ciencia, no pseudociencia”, donde se afirma que “las interpretaciones de la mecánica cuántica y, con ellas, su visión de la consciencia, parecen ser una cuestión más de gusto que de ciencia”.

La verdad, no entiendo el contenido del capítulo 2 en un libro sobre el problema de la consciencia. Quizás el autor pretendía discutir el papel del observador consciente en las interpretaciones de la mecánica cuántica. Si era su objetivo no lo ha alcanzado. Entre líneas se entreve la cuestión. Pero creo que el lector lego que no haya de disfrutado de alguno de los muchos libros que discuten esta cuestión en detalle en el último siglo no se habrá enterado de qué va este asunto.

El capítulo 3, “Tiempo y consciencia en la relatividad de Einstein” [pp. 61-82], se inicia recordando los principios de la física relativista, el espacio-tiempo, la dilatación del tiempo y la contracción de longitudes. El término consciencia aparece en la página 80, en la última sección “Nuestra consciencia acerca del espacio-tiempo”. Se concluye que “las repercusiones del espacio-tiempo sobre lo que creemos sobre nosotros mismos son difíciles de ignorar. Si el tiempo no «pasa» sino que está siempre allá, ¿por qué sentimos que pasa? Si el universo no es más que una estructura congelada ¿tiene sentido hablar de acciones, deseos y proyectos?”

De nuevo me declaro incapaz de entender qué pinta el capítulo 3 en un libro sobre la consciencia. En la colección Un paseo por el cosmos hay otros libros sobre física cuántica y relatividad que discuten estos asuntos con más detalle. Con seguridad el autor no ha tenido acceso a dichos textos. Porque de otra manera es imposible entender que el problema de la consciencia no haya sido discutido, salvo breves menciones, entre las páginas 13 y 82 de una libro sobre el problema de la consciencia.

El capítulo 4, “Física y libre albedrío” [pp. 83-114], nos pone ante la tesitura: “aceptar que el libre albedrío es una ficción y aprender a vivir con ello, [o] negar la mayor: quizá las partículas se comportan siguiendo las leyes físicas, pero las personas no lo hacen”. El determinismo de la física clásica nos lleva a la teoría del caos determinista y su impredicibilidad intrínseca: “una pequeñísima variación en el estado inicial del sistema puede tener consecuencias catastróficas en sus estados futuros. [Las] personas somos también un sistema caótico [lo que] arroja luz sobre la cuestión del libre albedrío. [Sin] embargo, este enfoque no está exento de problemas”.

“La relatividad del libre albedrío” conecta con el capítulo 3 sobre el espacio-tiempo y discute la causalidad en relatividad. “La libertad cuántica” conecta con el capítulo 2 y discute la cuestión “elegir libremente en un universo desdoblado”. Se mencionan, no puede ser de otra forma, las ideas del “experto en computación cuántica David Deutsch (n. 1953)” sobre el libre albedrío. La verdad, si los capítulos 2 y 3 tienen por objeto apoyar estas ideas, yo hubiera entrado directamente en ellas, como suele hacer Deutsch en sus propios libros. En la página 110 se discute de forma breve el teorema del libre albedrío de Conway y Kochen (2006), y se finaliza el capítulo con “Más allá de la física se halla la metafísica”.

Quien haya leído a Deutsch, por ejemplo, “La estructura de la realidad”, Anagrama (2002), pensará que Arroyo trata de seguir su línea argumental. Pero, claro, sin su maestría, el libro queda bastante desbrozado. Con lo que llegamos al último capítulo, “Cómo simular una mente” [pp. 115-154], cuyo título parece un homenaje a Ray Kurzweil, “Cómo crear una mente”, Lola Books (2013), aunque su contenido es más parecido a Roger Penrose, “La nueva mente del emperador”, Debolsillo (2015). De nuevo las comparaciones son odiosas. Y empezar citando a Douglas R. Hofstadter no ayuda.

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“¿Es posible reducir la consciencia a unos y ceros?” Tras presentar “argumentos contra el reduccionismo” basados en lo que significa superar el test de Turing, se adentra en las ideas del filósofo Thomas Nagel. “¿Sería posible para una persona saber lo que siente un murciélago?” No puede faltar el filósofo David Chalmers y “lo que arguyen los zombis filosóficos”. El autor nos pide que “imaginemos que la mente es un ordenador” y concluye “¿unos y ceros? No para todo”. En la más pura línea de Penrose recurre al “teorema de completitud de Gödel” y discute “un universo no computable pero determinista”. La verdad estos argumentos se presentan de forma breve, casi de pesada. Quizás el libro entero, en lugar del último capítulo, dedicado a su discusión hubiera conducido a un libro mucho más útil para el lector lego.

De pasada, como pidiendo perdón, en la sección “redes neuronales humanas” se sugieren los argumentos pseudocientíficos de Hameroff y Penrose sobre los microtúbulos del citoesqueleto en las neuronas. Digo que como pidiendo perdón porque de forma rápida se pasa al “funcionamiento de la red neuronal asociada a nuestra visión” que presenta el psicólogo experimental Steven Pinker en “Cómo funciona la mente”, Destino (2008). Muy breve. “Un universo computable” y la entropía de Bekenstein-Hawking para los agujeros negros, también muy breves, nos llevan a la sección final “¿ciencia o consciencia?”.

En resumen, no sé si habrá muchos lectores legos que acaben leyendo este libro y que también lean esta reseña. En su caso, mi recomendación es aprovechen el listado de “lecturas recomendadas” en la página 155 para agenciarse algunos de los libros citados y profundizar en la relación entre la consciencia y la materia a los ojos de la ciencia. En su defecto, recomiendo leer un libro de neurociencia sobre la consciencia. Aclarará la cuestión sin meter el ruido que suponen las ideas de Deutsch y Penrose.



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Por Francisco R. Villatoro
Publicado el ⌚ 1 octubre, 2016
Categoría(s): ✓ Ciencia • Libros • Recomendación • Science
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