Reseña: “Transhumanismo” de Antonio Diéguez

“El objetivo de la técnica es el bienestar humano. Si perseguir ese bienestar conduce a la liquidación de nuestra especie, estamos simplemente olvidando cuál ha sido y debe ser el objetivo de la técnica desde su origen. [La] crisis de los deseos, el no saber qué desear, la desorientación en los fines, es uno de los síntomas más peligrosos de la situación en la que nos ha situado la hipertrofia de la técnica. [Sobre] todo espero que el contenido de este libro contribuya a esbozar una visión equilibrada acerca de todo lo que se viene oyendo y leyendo en los últimos años sobre ese futuro en el que tantas transformaciones extraordinarias se nos anuncian”.

“La ciencia, incluyendo la investigación más puntera e innovadora, la hacen hoy equipos interdisciplinares. [La] obsesión por los rankings de todo tipo se ha desatado, así como la presión por publicar. Todo el mundo vive pendiente de los índices de calidad, del impacto de las revistas y de las ganancias económicas que la propia investigación pueda generar. Una «ciencia fáustica». [La] tecnociencia se ve así obligada a hacer grandes promesas. [Llamar] la atención para competir con éxito por los escasos fondos para la investigación. [Las] promesas seductoras y espectaculares se vuelven necesarias. [Hasta] tal punto es así, que se ha hecho próspero el «negocio de las promesas». Las promesas altisonantes y arriesgadas se han convertido en la carta de presentación de disciplinas emergentes o que reclaman una fuerte financiación. [Pero] a nadie se le oculta que esta inflación de promesas puede tener también efectos contraproducentes para el desarrollo de la propia investigación”.

Me ha gustado la moderación del libro de Antonio Diéguez, “Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano”, Herder (2017) [243 pp.]. Una visión centrada en el biomejoramiento humano conducente hacia una utópica inmortalidad (quizás solo de nuestra mente en un cuerpo no biológico). Un libro dirigido a todos los públicos, salvo quizás el cuarto capítulo, más filosófico que el resto, que se publica en una editorial especializa en libros de filosofía.

Te recuerdo que Diéguez es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Málaga y está considerado uno de los referentes internacionales en la filosofía de la Biología y de la Biotecnología. Incluso si ya has leído a los grandes gurús del transhumanismo, la posición equilibrada de Diéguez te acabará convenciendo. Y si no has leído nada sobre transhumanismo, este libro es la puerta de entrada ideal a esta idea filosófica tan de moda. ¡Muy recomendable!

Tras la “Introducción” [pp. 11-17] encontramos cinco capítulos. En el primero se resuelve la cuestión de principio, “¿Qué es el transhumanismo?” [pp. 19-50]. “El transhumanismo es una filosofía de moda; la utopía del momento. [La] muerte no es inevitable. La muerte puede ser derrotada. Este es el lema principal. [La] promesa definitiva de la inmortalidad, eso es toda la justificación que el transhumanismo necesita para afianzarse y para constituirse en proyecto utópico. Es lo que han prometido siempre, de una forma u otra, las grandes religiones”.

“Los inicios” nos presenta un resumen riguroso de la historia de esta utopía; desde More (1990) se remonta hasta Huxley (1927), Haldane (1924) y Chardin (1915). Porque hay muchas “Modalidades del transhumanismo”, aunque muchos hemos leído sobre el que está más de moda, el transhumanismo tecnocientífico. El final de este capítulo es rotundo y preclaro: “Hay motivos de sobra para tomarse en serio el transhumanismo y para considerar con detenimiento sus supuestos y sus previsiones. Quizás estas nos enseñen más sobre el presente que sobre el futuro, pero aunque solo sea por eso, merecerá la pena la indagación”.

El capítulo 2, “Máquinas superinteligentes, cíborgs y el advenimiento de la singularidad” [pp. 51-110], se inicia con Fredkin (1979) en “Sueños con robots”: “Hay tres grandes acontecimientos en la historia. Uno, la creación del universo. Otro, la aparición de la vida. El tercero, que creo de igual importancia, es la aparición de la inteligencia artificial”. Moravec, Minsky y Kurzsweil, pero también Jastrow (“será nuestra progenie intelectual, no genética, la que heredará el universo”), que nos lleva a que “la única opción viable de supervivencia ante el avance imparable de las máquinas superinteligentes [es] convertirse en una de ellas”.

“¿Deberían [los robots] tener capacidad y deseo de autoconservación y reproducción [para sernos útiles]?” Más aún, “¿deberían tener cierto grado de autoconsciencia y de voluntad?” Moravec, Bostrom y muchos otros afirman que será inevitable que las adquieran. ¿Serán los robots nuestros competidores aunque su nicho ecológico no sea el mismo? La especie humana “¿debe considerar un motivo de orgullo y satisfacción su fin bajo el dominio de la máquina?”

“La singularidad siempre está cerca”, según Kurzweil y su ley de los «rendimientos acelerados» será en 2045. ¿Serán humanas las máquinas futuras aunque no sean biológicas? Me gusta que Diéguez coincida conmigo sobre la poca relevancia de la computación cuántica en este futuro, en contra de los deseos de Kurzweil. Y así llegamos a “La era del cíborg ha comenzado”, donde se destaca la figura del nerocientífico rondeño (Ronda, Málaga, España) Manuel Rodríguez Delgado, famoso por su experimento en el que controlaba a distancia la agresividad de un toro bravo en un coso taurino. Pero el gran problema sigue siendo el mismo, “Una charla con mis copias inmortales”, copias de mi mente en un ordenador, ¿sería una charla conmigo mismo? ¿Mi identidad podría estar en dos lugares al mismo tiempo?

Así llegamos al capítulo 3, la especialidad de Diéguez, “El biomejoramiento: eternamente jóvenes, buenos y brillantes” [pp. 111-164], sobre “La llegada de la biología sintética”. El futuro que prometen Moya, Venter y la edición genética CRISPR-Cas9 requiere que vayamos “Atendiendo a los matices y a los argumentos”. El biomejoramiento busca el bienestar humano, pero “no hay acuerdo acerca de qué debe entenderse por bienestar”. Diéguez presenta los trece argumentos a favor del biomejoramiento y las dos principales críticas.

“La naturaleza humana no tiene la respuesta” discute si el hombre está jugando a ser Dios. “El requisito para ser un humano es haber nacido de otro ser humano”. Siguiendo a Ortega, “las especies no tienen naturaleza, sino que tienen historia. [Pero] los rasgos que pueden considerarse como propios de la naturaleza humana son productos contingentes de la evolución biológica y, por ende, están sujetos a posibles nuevos cambios evolutivos”. ¿Podría cambiarlos el humano gracias a la tecnología? ¿Podría ser que “la manipulación genética de nuestra especie termine por eliminar las bases biológicas de nuestra autocomprensión ética”? Aún así, quedan “Algunos cabos sueltos”.

“En qué medida todos  estos avances tecnológicos son controlables y quién ejercerá dicho control”. Así llegamos al orteguiano capítulo 4, “Hay que saber qué desear” [pp. 165-194], centrado en Meditación de la técnica, de José Ortega y Gasset. “¿Por qué no Ortega?” nos muestra que Diéguez es seguidor del gran filósofo español del siglo XX en su manera de pensar sobre la tecnología (que en su época se llamaba técnica). “La crisis de los deseos como signo de nuestro tiempo” permea todo el libro y nos recuerda que “Afinar en las distinciones es imprescindible”.

“La técnica es la reforma de la naturaleza con vistas al bienestar humano. [El] mejoramiento radical conduce inevitablemente a la creación de un ser posthumano. [Desde] la perspectiva orteguiana, habría motivos de sobra para rechazar este proyecto de transformación”. Las respuestas orteguianas a las propuestas del transhumanismo nos llevan a un callejón sin salida. “No hay respuestas fáciles con las que afrontar la situación. [Es] primordial evitar el error común de realizar juicios generales y definitivos, de lanzar condenas o alabanzas globales. [El] trabajo no está hecho, hay que ponerse a ello”. Se siguen requiriendo reflexiones filosóficas continuas sobre el avance de la técnica conforme va avanzando y van siendo posibles cosas que parecían inconcebibles.

En el último capítulo, “Conclusiones: enfriando las promesas” [pp. 195-215], Diéguez nos confiesa que “no conozco a nadie que no quiera vivir más de 100 años, quizás 150 (siempre que fuera en buenas condiciones físicas y mentales). [Pero,] ¿querríamos vivir diez mil, o cien mil, o diez millones de años? [Un] periodo de vida acotado en el tiempo fomenta la elaboración de un plan de vida, de una proyecto vital. Nuestra finitud nos compele a hacer de nuestra vida algo con un sentido. [No] envejece el cuerpo, pero inevitablemente envejece la mente, y cambiar de vida no la rejuvenece. [Nunca] podríamos volver a ver el mundo con ojos nuevos”.

Se inicia el “El negocio de las promesas” con «la hipótesis de Ortega» (1929), “según la cuál el verdadero progreso científico [lo] realizan los científicos de nivel medio, los proletarios de la ciencia, podríamos decir, y que es sobre ese trabajo sobre el que pueden edificar después sus logros los grandes genios”. Una idea kuhniana décadas antes de Kuhn (1962). “El debate público sobre la biología sintética es una exigencia de la sociedad. [Es] fundamental para el futuro de la ciencia cuidar este asunto, y sería un error pensar que el debate abierto perjudica a la investigación. No tengo dudas de que estos resultados podrían ser extensibles a todas las tecnologías implicadas en el biomejoramiento humano”.

Finaliza el libro con la extensa Bibliografía [pp. 217-239] y los Agradecimientos [pp. 241-243]. Sin lugar a dudas un libro para reflexionar sobre nuestro presente y sobre nuestro futuro potencial.



2 Comentarios

  1. “la desorientación en los fines es uno de los síntomas más peligrosos de la situación en la que nos ha situado la hipertrofia de la técnica”

    La clave está en defender siempre los valores liberales (o valores ilustrados), esto es, las libertades individuales. Como dice Richard Dawkins en su documental de 2008 sobre Darwin, debemos vivir “según los valores liberales” para “construir una sociedad más benévola” y así “derrocar la tiranía de la selección natural”, que es “la fuerza brutal que nos ha creado”.

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Por Francisco R. Villatoro
Publicado el ⌚ 1 abril, 2019
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