Reseña: «Todo es cuestión de química» de Deborah García Bello

Por Francisco R. Villatoro, el 5 marzo, 2016. Categoría(s): Ciencia • Libros • Química • Recomendación • Science ✎ 4

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«Decidí estudiar química porque quería entender el comportamiento del universo, el porqué de las formas, los colores, los cambios, la razón verdadera. Por aquel entonces creía que la ciencia daría respuesta a todas estas cuestiones. [Yo] pensaba que todo aquello que se sabía en ese momento era definitivo, pero me equivocaba, sólo podía considerarse definitivo «en ese momento». [Me] di cuenta de que la pretensión de la ciencia es descriptiva. La ciencia ofrece los cómos, pero no pretende ahondar en los porqués absolutos. [Tratar] de comprender cómo es lo que nos rodea es la única forma de empezar a entender todo lo demás, incluso a sabiendas de que ese todo es inalcanzable. Es bello vivir con preguntas».

«La química [ha] ampliado mi horizonte de conocimiento, lo ha diversificado, pues [está] presente en cualquier disciplina, desde las propiamente científicas hasta las humanísticas. La química es Cultura». Deborah García Bello, @deborahciencia, «Todo es cuestión de química… y otras maravillas de la tabla periódica», Paidós (2016) [283 pp.], nos demuestra su amor por la química y por la cultura en su nuevo libro de divulgación. Muy recomendable. No solo porque aprenderás muchas cosas, sino porque está escrito con amor a la escritura.

Deborah es autora del premiado blog Dimetisulfuro, colaboradora de Naukas y amiga. Por supuesto, escribo esta reseña desde el cariño que le profeso, pero sin olvidar que he disfrutado mucho de la lectura de «Todo es cuestión de química». A veces peca de docente. Pero otras sorprende incluso al más entendido. El libro derrocha pasión. Pasión por la química. Pasión por las letras. Y pasión por el arte.

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Tras la «introducción» [pp. 11-14], de la que he extraído el párrafo que abre esta entrada, se inicia una serie de cuatro capítulos con una introducción a la química para torpes (suena mejor en inglés, for dummies). Bien decorada con apuntes personales de la vida de la propia autora y con algunos recuadros con datos curiosos, solo sirve para poner la miel en los labios de quien espera leer a la Deborah de Dimetilsulfuro.

El capítulo 1, «El mundo de lo pequeño. El átomo y los modelos atómicos» [pp. 15-27], se inicia en la playa: «Durante mi infancia, los domingos de verano solía ir con mi familia a una playa. Mi hermano y yo la llamábamos la playa de las arenas gordas porque sobre el manto de arena fina se sucedían cúmulos de arena gruesa. [Yo] solía ir a buscar un puñado de arena gorda a la orilla y lo mantenía a resguardo en mi mano hasta regresar a la toalla. [Con] los dedos de la otra mano movía los granos de arena para verlos desde todos los ángulos y descubría que no había ninguno igual a otro: en ese universo minúsculo cada piedrecilla poseía una identidad propia».

«La perfección detrás del caos aparente. La tabla periódica» [pp. 29-43], el segundo capítulo, también se abre con un apunte personal: «No recuerdo exactamente cuándo fue, pero hace mucho tiempo llegué a la conclusión de que todas las cosas que repercutían en mi vida y que escapaban a mi control sucedían por alguna razón». Y concluye con «Mendeléiev se fue de este mundo sin saber que su tabla realmente seguía un orden inesperado. [Se] empeñó en buscar el orden a pesar del caos aparente. Creyó, quizás infantilmente, que todo sucedía por una especie de razón cósmica».

El capítulo 3, «Un misterio digno de película. La tabla periódica se avanza en el tiempo» [pp. 45-58], conecta los dos capítulos anteriores: «En mi opinión, uno de los misterios más fascinantes de la ciencia es el vínculo entre los modelos atómicos más modernos y su aparición estelar en la tabla periódica como si un telón de terciopelo se elevase para mostrarlos».

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«En busca de la estabilidad. El enlace químico de los elementos» [pp. 59-68], el capítulo 4, concluye la primera parte del libro. «Nunca salgo de casa sin la cartera y las llaves. La otra cosa que llevo siempre es una pequeña tabla periódica, del tamaño de una tarjeta de visita, donde sólo figuran 111 elementos químicos». La última página del libro (p. 283) incluye una tabla periódica con 114 elementos, pero no es de tamaño tarjeta de visita y hubiera sido bonito que incluyera los 118 elementos conocidos hoy en día.

Deborah se desnuda (metafóricamente hablando) en el quinto capítulo, «Lo extraordinario de lo ordinario. La estructura atómica de los materiales» [pp. 69-98]. Nos confiesa con brillo en sus ojos: «Reniego de las bellezas exuberantes, de lo grosero. Prefiero perderme en [esa] pieza extraordinaria variada en nuestro ajetreo, perdida, insignificante, una pizca de lírica entre tanta prosa. Sólo hay que pararse un segundo y verla, verla de verdad». Para mí, los primeros cuatro capítulos son un relleno innecesario. El libro empieza de verdad en su quinto capítulo. «Cuando era niña paseaba de la mano de mi abuelo. [Aquellos] paseos forjaron mi carácter, mi forma de mirar y admirar, y por ello me atraen más los matices que las bellezas categóricas. Me emocionan las pequeñas bondades de lo cotidiano. [Mi] madre cogió una manzana roja y reluciente del frutero y me enseñó cómo hacer un bosquejo, cómo difuminar los trazos y crear sombras hasta que la manzana pareciese tener brillo, fijándome dónde incidía la luz de cocina sobre ella».

Los alótropos del carbono son los protagonistas la primera sección, «de lápices a diamantes», recuerda que son «materiales muy diferentes [que] están formados por los mismos átomos». Deborah afirma que «el diamante es la joya y el grafito es la herramienta, por eso se ha creado más belleza con la punta de un lápiz. [El] grafito podría entenderse como un hojaldre de carbono, [cuya] estructura laminar es responsable de que [lo] podamos utilizar para dibujar. [Las] minas de los lápices se fabrican mezclando polvo de grafito con arcilla molidos finamente y en proporción adecuada». Como dato curioso nos recuerda la nomenclatura tradicional de los lápices (por cierto, yo suelo usar un HB).

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La segunda sección de este capítulo se dedica a «la sal común», sí, ese «bien ordinario [que] comenzó siendo un bien de lujo». Deborah aprovecha para hablar del enlace iónico. Pero se centra en lo cotidiano, la sal en los alimentos, nuestro organismo, en la carretera, y «si queremos enfriar rápidamente un refresco podemos meterlo en un recipiente provisto de cubos de hielo y echar sal sobre ellos. La temperatura del hielo descenderá rápidamente hasta los -10 ºC, con lo que el refresco se enfriará de inmediato». Las «gotas de mercurio» constituyen la sección final de este capítulo. Porque «la ciencia es capaz de describir, de teorizar, de prever y de modelizar tanto lo común como lo excepcional. [Pero] no es una respuesta concluyente, es un paso más a la deriva, un festejo de un matiz, de una hermosa singularidad del universo».

«¿Qué es exactamente lo orgánico? La materia viva y la materia inerte» [pp. 99-124], el capítulo 6, nos recuerda que «la etiqueta de lo orgánico puede resultar algo confusa ya que tiene diferentes acepciones. Separamos la basura en desechos orgánicos e inorgánicos, y en esa división los polímeros [plásticos] van al contenedor de los residuos inorgánicos. En términos químicos lo que realmente estamos haciendo en esos casos es separar los residuos fácilmente biodegradables de los que no lo son».

El capítulo 7, «Desmontando mitos. Lo natural versus lo sintético» [pp. 125-158], nos presenta «la estrategia de lo natural, [el] reclamo de sin química o de 100% natural. [No] existe tal distinción, puesto que todo, por definición, es natural, y todo, en consecuencia, es químico». Varios ejemplos decoran el capítulo, como «la leche enriquecida con calcio natural», «los aditivos alimentarios», como «el E-330, un antioxidante, [el] ácido cítrico», «los productos cosméticos», o «las bolsas orgánicas». Me ha gustado el alegato final: «oponerse a los avances de la química, como a los avances de la ciencia en general, supondría volver a tiempos remotos en los que la calidad de la vida era peor, y la esperanza de vida, inferior. [Porque] no hay vida sin química. [Y] todo es química , y la química es naturaleza, es ecología, es progreso y es futuro».

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En los siguientes capítulos la autora muestra su gran experiencia docente y nos da una clase magistral de química. Los químicos y quien tenga una buena formación en el tema aprenderán poco, pero disfrutarán con la lectura del texto. «Transformar unas sustancias en otras. Las reacciones químicas» [pp. 159-178], el octavo capítulo, se centra en las reacciones de combustión. El capítulo 9, «Del zumo de limón a la lluvia ácida. Las reacciones de ácidos y bases» [pp. 179-194], nos habla del pH, «de la piel y la cosmética», «del estómago y los antiácidos» e, incluso, «de la lluvia ácida». «De las pilas a las esculturas de bronce. Las reacciones de oxidación y reducción» [pp. 195-223], el capítulo 10, nos habla de los experimentos con ranas de Galvani, de las pilas, las baterías, los electrones y las pátinas, «el proceso de oxidación controlada y superficial, [una] técnica artística».

La pátina me recuerda la gran conferencia que Deborah nos impartió en Bilbao, en septiembre de 2015 con motivo del evento Naukas Bilbao 2015, en relación a la obra de Louise Bourgois, Mamá, la famosa «araña» del Guggenheim de Bilbao. De hecho, el capítulo 11, «Química, color y arte» [pp. 223-254], junto con el quinto capítulo, son los que más me han gustado del libro. «Las causas químicas del color» nos acercan a los pigmentos blancos (semiconductores), azules (todo un lujo), rojos, naranjas y amarillos (los ocres), y verdes. «El arte ha avanzado gracias a la ciencia, y la ciencia, gracias al arte, ha descubierto nuevos recodos en su deriva sobre los que investigar y maravillarse. [El] artista es el que escribe su obra utilizando los versos libres de la química, es el artesano que posee la herramienta más elegante».

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Sin lugar a dudas, un futuro libro de Deborah García Bello sobre la química en el arte será una lectura imprescindible. Su amor por ambas facetas de la cultura (la química y el arte) dará como fruto una obra que todos disfrutaremos. Y también, sería muy interesante que Deborah se planteara un libro sobre la química en la cocina. Campo en el que se adentra con maestría en el último capítulo, el duodécimo, «Un laboratorio en la cocina» [pp. 255-278]. Nos confiesa que «cuando empecé a estudiar la carrera me di cuenta de que muchas de las cosas que sucedían en la cocina eran, en realidad, reacciones químicas, unas más complejas y otras más simples. Mi abuela no sabía en nombre de las reacciones [y] se reía cuando le decía que la cocina era, básicamente, un laboratorio».

Tras una breve discusión sobre «¿por qué se corta la mayonesa?», se nos desvela «el truco para preparar una buena salsa boloñesa». En lugar de la cuestión sobre si la tortilla de patatas debe ir con o sin cebolla, Deborah nos enfrenta a la cuestión «cebolla, ¿caramelizada?». «Panes y biscochos», «yogures», como no, «cocido gallego», y como postre «merengues al horno». Sobre su abuela nos aclara que «ella me enseñó todo lo que sabía, delegó en mí para que todo siguiese siendo igual, aunque ella ya no pudiese hacerlo. [La] lección que aprendí de ella es que [esa] intimidad química de los alimentos, lo fundamental en la cocina, como de cualquier cosa en la vida, es poner amor en ella».

«A modo de cierre» [pp. 279-280] finaliza el libro con una confesión. «Gracias a la química he podido apreciar el alma de las cosas, más allá de su apariencia, encontrar belleza tanto en lo cotidiano como en lo exuberante. Y es que la química me ha convertido en una exploradora incansable, me anima a adentrarme en los senderos que todavía no he transitado, me permite descubrir nuevos matices en las calles por las que camino cada día y preserva mi asombro párvulo a pesar de todo lo que lleve andado».

Tras una breve «Bibliografía» y una tabla periódica, dan ganas de releer algunos capítulos. Te recomiendo disfrutar de este libro, escrito con amor hacia la Química, con mayúsculas, por una divulgadora que ama la Cultura, también con mayúsculas. Con seguridad aprenderás muchas cosas y te deleitarás con su prosa que a veces raya la poesía.



4 Comentarios

  1. Francis, yo siempre hago mucho caso a tus reseñas, y no me arrepiento, pues estoy leyendo a autores españoles, cosa que antes no hacía, y aprendiendo mucho. Por lo tanto quede primero aquí mi agradecimiento por éstas.
    Me surge una duda respecto a este libro; teniendo en cuenta tu grado de exigencia, este libro es bueno, pero tengo una duda, y es que me ha quedado la sensación, en esta reseña, de que el libro está demasiado centrado en la autora más que en lo que se pretende explicar, lo cual podría ser un poco cargante para los que no conocemos su trayectoria en el blog ¿Es correcta esta idea que me he formado?

    1. No, Pedro, el libro usa el estilo de muchos divulgadores anglosajones, una escritura creativa que lleva a iniciar los capítulos o ciertas secciones con referencias personales, para acercar al lector al tema que luego se discute con cierto detalle. Que no te engañe mi reseña, el resto del capítulo es mucho más convencional. La literatura creativa es algo importante en divulgación de la ciencia dirigida a un público general y los aficionados a la divulgación en español estamos poco acostumbrados a ella; sin embargo, en la divulgación anglosajona es sinónimo de calidad.

      1. Hola! Acabo de ver por twiter la presentación del libro. Me presento, soy químico desde 1989. Llevo 27 años trabajando en la industria. No sé si en algún momento se hará mención a la industria química. Es una parte muy real de lo que sucede hoy. Pero supongo me hará regresar a mis orígenes porque tofo se olvida…

  2. «La ciencia ofrece los cómos…»

    Lo cual con frecuencia equivale a ofrecer también los porqués. Por ejemplo, la Luna se formó ‘porque’ poco después del nacimiento del Sistema Solar un planeta chocó contra la Tierra.

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