Reseña: “El reino ignorado” de David G. Jara

“Utilizar la palabra «vegetal» como sinónimo de «inerte» o «pasivo» constituye un error muy generalizado en nuestra sociedad. [Las] plantas están continuamente interaccionando con un entorno cambiante, poseen una gigantesca cantidad y diversidad de comportamientos, y han desarrollado las más sorprendentes adaptaciones, que les han permitido colonizar todos los ecosistemas de este planeta. [Este] es un libro de ciencia, [de] química, de genética, de toxicología, de evolución… y, por supuesto, de plantas. [Un] libro escrito para todos los públicos, en el que, desde un enfoque científico, se nos revelan las maravillas de un mundo sorprendente e ignorado”.

Te recomiendo el nuevo libro de David G. Jara, “El reino ignorado. Una sorprendente visión del maravilloso mundo de las plantas”, Ariel (2018) [271 pp.]. Cada capítulo se inicia con algunas experiencias personales del autor en el aula, con él y sus alumnos como protagonistas, decoradas con sus opiniones sobre el sistema educativo; el análogo en plantas de estas anécdotas es el punto de partida para desvelar secretos de las plantas ignorados por la mayoría de los lectores. Sin lugar a dudas un libro necesario que disfrutarás.

El autor @DavidGJara es doctor en Bioquímica por la Universidad Rey Juan Carlos I de Madrid, habiendo estudiado Ciencias Químicas y Ciencias Ambientales es un científico multidisciplinar y docente de formación. Autor de varios libros de divulgación, como “Bacterias, bichos y otros amigos” (reseña en LCMF) y “El encantador de saltamontes” (reseña en LCMF), imparte clases de Biología y Geología en el CEO El Mirador de la Sierra en Villacastín (Segovia). Su estilo es ameno, combinando resultados bien conocidos por todos los botánicos, con algunos resultados recientes publicados en los últimos años. Ya hacía un tiempo que no aparecía ninguna reseña en este blog (aunque he leído muchos libros); “El reino ignorado” es un libro ideal para recuperar esta buena costumbre. ¡Qué lo disfrutéis!

Tras el índice [p. 7] y el prólogo [pp. 11-15] encontramos quince capítulos, que se pueden leer de forma independiente o en secuencia, y un breve epílogo. Aunque el libro contiene múltiples figuras y fotografías en blanco y negro, el propio autor nos recomienda “disponer de algún dispositivo que nos permita acceder a internet para, de ese modo, ser capaces de poner «cara» a [la] gigantesca cantidad de organismos —ya sean plantas, insectos, arácnidos…— a los que se hace referencia en el texto”. Confieso que lo he hecho en múltiples ocasiones.

El capítulo 1, “Dame veneno que quiero morir” [pp. 17-29], se inicia recordando que “el objetivo del docente es elucidar las creencias erróneas que posee el alumno, y a partir de ellas tratar de ayudarlo a alcanzar un conocimiento válido y verdaderamente útil y significativo.” La adelfa, la cicuta, el ricino, el almendro y la patata, entre otras plantas, sirven de guía para ilustrar cómo funcionan los venenos de los vegetales. El segundo captíulo, “La postura de la mimosa” [pp. 31-44], parte de “los deberes, [el] gran ogro, el enemigo mortal de nuestros alumnos” para adentrarse en la Mimosa pudica. y la «ósmosis». Para protegerse, plantas como la sabana (Acacia seyal), que alimenta a las jirafas, poseen espinas y otras plantas, como la ortiga (Urtica dioica), poseen un vello con sustancias irritantes.

“De hormigas, cristales y croquetas de arena” [pp. 45-59], el capítulo 3, destaca una conducta de los alumnos que alegra a los profesores, “dejar de lado sus naturales diferencias para colaborar y ayudarse entre sí a superar los obstáculos”. Los árboles mirmecófilos también lo hacen, así como otras plantas. El cuarto capítulo, “Miénteme… miénteme mucho” [pp. 61-74], recuerda que “los vegetales son los pinochos de la naturaleza, sin duda unos artistas de la mentira: mienten para atraer a los polinizadores, mienten para dispersar sus semillas, incluso mienten para cazar… pero, especialmente, mienten como bellacos para protegerse”. El «mimetismo vaviloviano» y el sorgo, nos llevan a la chirivía y al cuajiote, entre otras plantas.

“¿Qué pensaréis si os digo que tambíen las plantas se avisan unas a otras ante una posible amenaza, de un modo similar a como lo hacen las suricatas en el desierto o mis alumnos entre clase y clase?” El capítulo 5, “Cuando las barbas de tu vecino veas cortar…” [pp. 75-87], nos habla de la bioquímica del metiljasmonato (MeJA) y del metilsalicilato (MeSA) en la comunicación entre las plantas. “Lo que de entrada podría parecer una solidaria, hermosa y desinteresada historia de comunicación entre un vegetal herido y sus congéneres sanos se transformaría en un episodio de simple —aunque sorprendente— marujeo entre verduras”. Por cierto, me ha gustado la explicación del aroma del césped recién cortado.

El sexto capítulo, “Gutiérrez, que le ven” [pp. 89-103], empieza con una sorpresa: “Dentro de la enseñanza no universitaria, la niña bonita es la biología. Los profesores de ciencias naturales somos unos privilegiados. [Los] alumnos [se] ven tremendamente atraídos por la mayoría de los contenidos que se desarrollan en ella.” Y luego llega otra, “gracias a su excelente visión, la planta que adorna la mesa del profesor localiza sin problema el lugar en el que se sitúan la puerta y la ventana, discrimina si en el aula ya es de día o ha caído la noche”, etc. Porque las plantas pueden «ver» y pueden «moverse».

El capítulo 7, “Recuerdos vegetales” [pp. 105-120], nos desvela que “los científicos han descubierto un tipo de memoria vegetal que presenta ciertas similitudes con la memoria inmunológica de los animales”. Por ejemplo, “la planta del guisante (Pisum sativum) es capaz de elaborar recuerdos que persisten en su memoria durante casi dos horas”. Me ha gustado la parte que describe el gen FLC en el que “la Arabidopsis thaliana localiza el bául donde guarda sus recuerdos”. El octavo capítulo, “Los colores del otoño” [pp. 121-134], nos habla de la clorofila, la antocianina y de las plantas capaces de liberar calor, como la col fétida o el azafrán serrano (Crocus carpetanus).

“No me importa que mis alumnos interrumpan una explicación para realizarme una pregunta. Y es que claramente somos una especie de una profunda complejidad e inteligencia, [que] vive en constante suspensión sostenida entre la duda y el escepticismo”. En “Las plantas inuit” [pp. 135-148], el capítulo 9, el autor nos habla de las plantas que fijan el nitrógeno y de las mal llamadas plantas «carnívoras». El décimo capítulo, “Puro marketing” [pp. 149-163], describe la belleza en el ultravioleta de las plantas para atraer a polinizadores.

En el capítulo 11, “¡Te quiero!… pero de lejos” [pp. 165-178], el autor nos comenta que “vivimos en la actualidad [en] un contexto social, [en] el que individuos ya dentro de su tercera década de vida mantengan comportamientos y necesidades que antes solo se les admitían a los preadolescentes”. Y todo ello para ilustrar cómo las plantas dispersan sus semillas. El duodécimo capítulo, “La energía de la vida” [pp. 179-192], nos presenta a RuBisCO, “una enzima esencial para el desarrollo de la fotosíntesis de las plantas”.

“Los colegios, los institutos y las universidades constituyen el hábitat ideal para el desarrollo de una especie muy peculiar, que no es otra que la del… jeta,” da inicio al capítulo 13, “Vegetales con mucha jeta” [pp. 193-208]. Los “vampiros de la savia”, “sin escatimar recursos… ¡que invitas tú!” y “raro, raro… raro”, nos conducen al capítulo 14, “La utilidad del boniato” [pp. 209-224], que nos habla de algunos remedios vegetales. “Aun a riesgo de parecer un chalado obsesionado con la biología, [a veces] me veo a mí mismo como una especie de exasperado huso acromático [a la hora de repartir los caramelos entre mis] dos criaturas […] Algunos humanos han adquirido la mala costumbre de buscar un beneficio personal en cada una de las acciones en las que se involucran…”. No contaré más.

El último capítulo, el 15, “Todo tiene un principio” [pp. 225-242], nos habla de LUCA y “el origen del sorprendente y hermoso mundo de las plantas”. Finaliza con “siempre continuaré sorprendiéndome de cómo la evolución es capaz de utilizar las más sutiles casualidades para dar forma a un destino que, a pesar de parecerlo, nunca ha estado definido de de antemano”. El breve “Epílogo” [pp. 243-244], concluye que “el mundo de las plantas aglutina toda la complejidad, la belleza y el misterio que caracterizan a la propia vida. Las plantas son seres sensibles que se comunican, capaces de percibir e interpretar multitud de estímulos y de elaborar recuerdos;” etc.

“A través de las páginas de este libro he intentado reflejar el profundo amor que siendo por el mundo de las plantas”. Tras los “créditos de las ilustraciones” [pp. 245-248], tenemos el listado las “notas” [pp. 249-260] y de las “referencias bibliográficas” [pp. 261-271]. Sin lugar a dudas un libro muy recomendable para todos, en especial a los aficionados a las curiosidades de la biología. ¡Qué lo disfrutes!

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