Reseña: «En llamas» de Richard Wrangham

«Solo la ciencia puede contestar con certeza: ¿qué es lo que nos hizo humanos? Este libro propone una nueva respuesta. A mi juicio, el modelo transformativo que dio origen al género Homo, una de las grandes transiciones de la historia de la vida, surgió del control del fuego y del advenimiento de los alimentos cocinados. [La] transición la señalan por vez primera hace 2,6 millones de años las lascas afiladas de piedra etíope. [Los] habilinos, todavía poco conocidos, son el «eslabón perdido» entre los simios y los humanos. [Se] los considera los artífices del cuchillo, y su cerebro duplicaba en tamaño al de los simios no humanos vivientes, por lo que otros los incluyen en el género Homo y, por ende, los llaman humanos. [Algunos] habilinos evolucionaron hasta convertirse en Homo erectus, y con su llegada el mundo se enfrentó a un nuevo futuro».

Esta es la arriesgada hipótesis con la que especula el primatólogo Richard Wrangham, «En llamas. Cómo la cocina nos hizo humanos», Capitán Swing (2019) [253 pp.], traducido por Pablo Hermida, con prólogo de J. M. Mulet; por cierto, el título original es «Catching Fire: How Cooking Made Us Human» (2011). Te recuerdo que la hipótesis estándar entre los antropólogos es que los Australopithecus, australopitecinos según Wrangham, australopitecos para los demás, fueron los ancestros de los Homo habilis, los primeros humanos. Wrangham les llama habilinos (incluso Australopithecus habilis) y les echa fuera del género Homo; además, olvida mencionar a Homo ergaster y salta directamente de los habilinos a Homo erectus.

Wrangham es profesor de Antropología Biológica en la Universidad de Harvard y ha publicado su hipótesis en múltiples artículos científicos. Sin embargo, dicha hipótesis aún no está aceptada entre los antropólogos y sigue siendo una especulación. Máxime cuando sus artículos científicos más citados y relevantes son sobre la cultura entre los chimpancés y otros primates; Wrangham realizó su doctorado bajo la dirección de Robert Hinde y Jane Goodall (Hinde fue supervisor de la tesis doctoral de Goodall). Volviendo al libro, su hipótesis resulta muy convincente, pues está muy bien argumentada con una buena prosa; sin embargo, no debemos caer en la tentación de considerar la especulación científica de Wrangham como parte del consenso científico en paleoantropología. El escepticismo crítico siempre debe estar presente en la lectura de libros de divulgación. A pesar de ello, recomiendo de forma encarecida la lectura de este libro. No en balde yo lo he disfrutado con placer.

El libro está constituido por ocho capítulos, entre la introducción y el epílogo, tras el «Prólogo. Comer nos hizo humanos (J.M. Mulet)» [pp. 09-18]. Mulet nos resume el libro y nos lo recomienda con fervor: «sin duda, este es uno de los mejores libros sobre evolución humana de las últimas décadas. [No] es tanto un libro de divulgación científica como uno de especulación científica. Un género muy interesante pero demasiado poco explorado. [El] autor sostiene que el hecho diferencial entre el género Homo y el resto de animales es la capacidad de cocinar. Una hipótesis verosímil. [Libros] como este son atemporales y no envejecen. Ha tardado en llegar a nuestras estanterías, pero las reflexiones y las ideas que propone siguen vigentes».

En la «Introducción. La hipótesis culinaria» [pp. 21-32], el autor nos presenta su especulación y nos recuerda que «el antropólogo cultural Claude Lévi-Strauss llevó a cabo un análisis revolucionario de las culturas humanas que respaldaba implícitamente la irrelevancia biológica de la cocina. [Era] un antropólogo prominente y su conclusión de que la cocina carecía de significación biológica fue ampliamente pregonada. Nadie cuestionó este aspecto de su análisis». La hipótesis culinaria afirma que los humanos «estamos ligados a nuestra dieta adaptada de comida cocinada, y los resultados permean nuestra vida, desde nuestro cuerpo hasta nuestra mente. Los humanos somos simios cocineros, las criaturas de la llama».

El capítulo 1, «En busca de los crudívoros» [pp. 33-53], se inicia con el experimento de la dieta Evo realizado en 2006. «La conclusión de los científicos era inequívoca: «una dieta estricta a base de comida cruda no puede garantizar un adecuado suministro de energía». [De] las mujeres que comían una dieta totalmente cruda, en torno al 50 % cesaba de menstruar por completo. Además, alrededor de un 10 % sufría ciclos menstruales irregulares que tornaban improbable el embarazo. [Un] índice de infertilidad mayor del 50 % resultaría devastador para una población natural de recolectores».

«El control del fuego y la práctica de la cocina son universales humanos. [La] opción de comer crudo parece ser, para la mayoría de los alimentos, una alternativa poco atractiva impuesta por las circunstancias. [Los] crudívoros no tienen mucho éxito. Prosperan solo en ricos entornos modernos, en los que dependen de la ingesta de alimentos de una calidad excepcional. [No] somos como los demás animales. En la mayoría de las circunstancias, necesitamos alimentos cocinados».

El capítulo 2, «El cuerpo del cocinero» [pp. 55-72], nos habla del impacto de la cocina en la fisiología de la nutrición. «El diseño del sistema digestivo humano se explica mejor como una adaptación a la ingestión de comida cocinada que a la ingestión de carne cruda. [Los] zoólogos tratan de captar con frecuencia la esencia de nuestra especie con expresiones tales como «simio desnudo», «bípedo» o «de cerebro grande». Podrían describirnos igualmente como los simios de boca pequeña. [El] carnivorismo ha sido un factor importante en la evolución y la nutrición humana, pero ha ejercido menos impacto en nuestro cuerpo que la comida cocinada. [Somos] más cocineros que carnívoros. No es de extrañar que el crudivorismo sea una buena forma de perder peso».

«La teoría energética de la cocina» [pp. 73-99], el capítulo 3, nos recuerda que no es verdad que «cuando un alimento se calienta, produce más energía. [La] ciencia autorizada cuestiona rotundamente esta idea. [Los] efectos de la cocina se detectan al comparar el índice glucémico de los alimentos cocinados y crudos». Al hilo del caso de St. Martin estudiado por Beaumont a principios del siglo XIX se nos expone que «cuanto más tierna es la comida, más rápida y completa es su digestión».

El capítulo 4, «Cuándo empezó la cocina» [pp. 101-120], se plantea la gran cuestión aún abierta sobre la hipótesis culinaria. «Los datos arqueológicos no dejan dudas de que el control del fuego es una tradición antigua. [Pero] no existen evidencias del control del fuego en Europa hace más de medio millón de años». Wrangham se apoya en los cambios «en la anatomía humana, apropiados para una dieta más blanda y rica en energía. La búsqueda de estos cambios se revela bastante simple. No existen indicios de control del fuego hasta hace dos millones de años. [Que coinciden con] la transformación de los habilinos al Homo erectus«.

«Alimentos para el cerebro» [pp. 121-140], el capítulo 5, se inicia con Darwin y la «hipótesis del cerebro social, que afirma que los cerebros grandes han evolucionado porque la inteligencia es un componente crucial de la vida social. [Pero,] ¿por qué algunas especies que viven en grupos tienen el cerebro más pequeño que otras? La dieta ofrece una parte esencial de la respuesta. En 1995, Leslie Aiello y Peter Wheeler defendieron que la razón [era] que tenían una tripa pequeña, y la tripa pequeña es posible gracias a una dieta de alta calidad. [Las] dietas de los australopitecinos deberían haber sido de una calidad superior a la de las dietas de los chimpancés». Wrangham afirma lo mismo del paso al Homo erectus, al Homo heidelbergensis y al Homo sapiens.

«La cocina supuso un gran descubrimiento, no solo porque nos proporcionase una alimentación mejor, ni siquiera porque nos hiciera físicamente humanos. Hizo algo más importante todavía: contribuyó a hacer nuestro cerebro excepcionalmente grande, dotando al insulso cuerpo humano de una mente brillate». Así llegamos al capítulo 6, «Cómo la cocina libera a los hombres» [pp. 141-158], y al capítulo 7, «La cocinera casada» [pp. 159-188], a todas luces la parte más polémica de todo el libro, que muchos tacharán de machista. «La división del trabajo en función del sexo afecta tanto a la subsistencia doméstica como a la sociedad en su conjunto.» Wrangham trata de arreglarlo con «esto conduce a la incómoda idea de que, como norma cultural, las mujeres cocinan para los hombres debido al patriarcado. Los hombres utilizan su poder comunal para relegar a las mujeres a los roles domésticos, aunque las mujeres prefieran otra cosa». Sin embargo, diferencia sin rubor entre «la cocina para la familia, realizada por las mujeres, y la cocina para la comunidad, realizada por los hombres».

La polémica está servida. «Los hombres cocinaban el alimento básico cuando decidían hacerlo, pero las mujeres eran las responsables de cocinar todo lo demás y de preparar las comidas domésticas. [Por] el hecho de estar casada (o, si no está casada, por el hecho de ser hija), la mujer está socialmente protegida de cualquier pérdida de su comida. [Las] normas culturales que obligan a una mujera a alimentar a su esposo, pero a ningún otro hombre, podrían responder al deseo de evitar los conflictos en general, o al interés por reducir el adulterio en particular. [A] la luz de los informes etnográficos, parece que este servicio doméstico es con frecuencia la contribución más importante que hace la mujer a su relación de pareja. [Aunque] el matrimonio es injusto en ciertos aspectos para las mujeres cazadoras y recolectoras, el hecho de que ellas tengan que cocinar para los hombres las empodera».

«La hipótesis de que la familia humana se originó con la competición por la comida plantea un desafío al pensamiento convencional, toda vez que otorga la primacía a la economía, relegando a un segundo plano las relaciones sexuales». Por supuesto, recomiendo a los lectores leer ambos capítulos del libro de Wrangham para evitar extraer falsas conclusiones de mis extractos. Y así llegamos al capítulo 8, «El viaje del cocinero» [pp. 189-205], que empieza con «puede que jamás sepamos con certeza cómo empezó la cocina, porque el avance se produjo hace mucho tiempo y probablemente con bastante rapidez en una pequeña área geográfica. [El] avance podría haber sido simple, pues no requería hacer fuego desde cero. Si hubieran sido capaces de capturar el fuego, su mantenimiento habría resultado relativamente fácil. Entre los cazadores y recolectores, hasta los niños de dos años hacen sus propios fuegos con los palos de las hogueras de sus madres. [Es] muy probable que los habilinos fuesen mentalmente capaces de mantener vivo un fuego».

El «Epílogo. El cocinero bien informado» [pp. 207-218], donde se habla de nutrición en la actualidad. «Las personas delgadas suelen tener costes digestivos más elevados que las personas obesas. [La] vida puede ser injusta. [La] información necesaria para explicar los efectos de la variación en el coste de la digestión y la digestibilidad es difícil de obtener y de incorporar al sistema de etiquetado de los alimentos. [La] ciencia de la nutrición [usa] medidas fácilmente cuantificables pero fisiológicamente poco realistas, que proporcionan tan solo una vaga aproximación del valor alimenticio. [Más áun,] engordamos al consumir alimentos fáciles de digerir. Las calorías, por sí solas, no nos dicen lo que necesitamos saber. [Hemos] de hallar formas de hacer más sana nuestra antigua dependencia de la comida cocinada».

Finaliza el libro con los «Agradecimientos» [pp. 219-221] y la extensa «Bibliografía» [pp. 223-253]. Sin lugar a dudas un libro que disfrutarán todos los aficionados a la cocina y al buen comer, pero también los adictos a los libros de divulgación que nos obligan a pensar de forma crítica sobre lo que leemos. Muchos autores ofrecen especulaciones científicas como si fueran verdades en lugar de simples hipótesis. Por ello se agrade que Wrangham lo deje claro desde el principio en este libro que, en mi opinión, es muy recomendable. ¡Te animas a disfrutarlo!



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Por Francisco R. Villatoro
Publicado el ⌚ 29 mayo, 2019
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